Miguel Gutiérrez Fraile-El Correo
Catedrático de Psiquiatría. Real Academia de Medicina del País Vasco
- Si el dolor habla con voz absoluta, la obligación ética de una sociedad decente debería ser mantener abierta la opción de seguir viviendo
La discusión sobre el suicidio asistido suele plantearse en escenarios de enfermedad terminal, dolor físico irreversible o deterioro extremo. Ahí, el debate público gira en torno a la autonomía, la dignidad y el derecho a poner fin a un sufrimiento sin salida. Pero existe un terreno mucho más controvertido y moralmente más inquietante: el de las personas con enfermedades mentales, depresiones severas o traumas devastadores que, en principio, pueden ser tratados y a veces revertidos. Ahí la cuestión deja de ser solo jurídica o médica. Se convierte en una prueba ética de enorme dificultad.
¿Puede considerarse plenamente libre la decisión de morir de una persona cuya enfermedad afecta precisamente a su capacidad para juzgar el futuro, valorar su vida o imaginar una mejora? En la depresión grave, el deseo de muerte no siempre es una convicción estable. A menudo es parte del propio cuadro clínico. La desesperanza, la culpa y la certeza de que nada cambiará forman parte de la enfermedad. Acceder a esa petición puede significar no tanto respetar una voluntad autónoma como ratificar el síntoma más extremo del trastorno.
El problema se agrava cuando el sufrimiento mental nace de una agresión brutal. El caso de una joven víctima de una violación múltiple ilustra con crudeza ese dilema. Tras la agresión, la chica realizó una tentativa suicidiaria que no acabó con su vida, pero le dejó secuelas físicas gravísimas y permanentes. Desde entonces arrastra un doble daño: el trauma psíquico de la violencia sufrida y lesiones corporales irreversibles que condicionan su autonomía, su identidad y su vida diaria.
Ante un caso así, la tentación de simplificar resulta peligrosa. Nadie puede negar la magnitud del dolor. Pero por eso la pregunta ética se vuelve más exigente: si una persona en esa situación pide morir, ¿habla ella o habla el trauma? ¿Se escucha una decisión serena y duradera o la prolongación del daño psicológico causado por la agresión?
Quienes defienden una apertura más amplia del suicidio asistido recuerdan algo cierto: el sufrimiento psíquico puede ser tan insoportable como el físico. Ignorar esa realidad sería hipocresía. Pero reconocerlo no resuelve el problema. Lo vuelve más delicado. A diferencia de muchos procesos terminales, en salud mental el pronóstico rara vez está completamente cerrado. Personas atrapadas durante años en una depresión profunda pueden mejorar con un cambio terapéutico, atención intensiva, nuevos abordajes farmacológicos, apoyo estable o tiempo. También las víctimas de trauma extremo pueden reconstruirse. No hay garantías. Pero sí una posibilidad que obliga a actuar con prudencia extrema. Ese es el núcleo del conflicto: si una sociedad ayuda a morir a alguien que meses después podría haber querido vivir, el error ya no tendría reparación.
Hay otro elemento que pesa. En muchos casos, el sufrimiento no procede solo de la enfermedad o del trauma, sino también del fracaso del entorno. Listas de espera interminables, falta de psicoterapia especializada, escasez de apoyo psiquiátrico, soledad, pobreza y abandono institucional pueden empujar a una persona hacia la idea de que la muerte es la única salida. La cuestión ética cambia de tono: no se trata solo de una decisión individual, sino también de preguntarse si la sociedad está ofreciendo la muerte allí donde antes no garantizó ayuda suficiente.
Eso resulta especialmente inquietante en víctimas de violencia extrema. En una joven marcada por una violación múltiple, un intento de suicidio y lesiones permanentes, la respuesta colectiva no debería agotarse en la discusión sobre si puede morir, sino empezar mucho antes: atención integral, reparación, acompañamiento psicológico sostenido, apoyo social real y tratamientos eficaces.
Los defensores de una posición más cauta insisten en que la medicina tiene, en estos casos, una obligación prioritaria: abrir posibilidades, no cerrarlas. Curar cuando sea posible, aliviar cuando no lo sea y sostener cuando la persona ya no logra ver ningún sentido. Ese principio no niega la gravedad del sufrimiento mental, se niega a confundirlo con una sentencia definitiva mientras exista un margen razonable de recuperación.
Por eso este debate no enfrenta, en realidad, compasión contra dureza ni libertad contra paternalismo. Lo que enfrenta es una pregunta más difícil: cómo distinguir entre una decisión autónoma y una voluntad deformada por la depresión, el trauma o la desesperación. Y en ese terreno, cualquier error es irreversible.
En el suicidio asistido aplicado a personas con trastornos mentales tratables o con estados depresivos potencialmente curables, la cautela no es crueldad. Es una exigencia moral. Cuando el dolor habla con voz absoluta, la obligación ética de una sociedad decente no debería ser acelerar el final, sino proteger, tratar y mantener abierta, hasta el límite de lo posible, la opción de seguir viviendo.