Juan Van-Halen-El Debate

Antonio Naranjo, viejo amigo de tantas aventuras y compañero de andamio, convocó en su último análisis del año en Telemadrid a cuatro invitados de tronío: Dolores de Cospedal, José Manuel García-Margallo, Nicolás Redondo y Antonio Caño. Con conocimiento y buen ojo opinaron, entre otros temas, sobre el presente y el futuro de Sánchez. Me intranquilizaron las previsiones. Estos admirados analistas coincidieron en que Sánchez caería en las próximas elecciones, pero retornaría al mantener la secretaría general y controlar el partido.

Soy consciente del narcisismo patológico del personaje, pero me inquieta imaginarlo como cadáver político insepulto, pendiente de resurrección. En el bíblico Libro de los Jueces Sansón, cuando derriba el templo, exclama: «¡Caiga el templo con todos los filisteos!», muriendo también él. No tengo a Sánchez por tipo capaz de la autodestrucción, como Sansón; tampoco le supongo capacidades para engañar a las gentes tras ser sustituido. Pienso, acaso, para escapar a mis temores, que su salvación, y no sólo política, no vendría de su retorno a Moncloa sino de decisiones más prácticas y sabrosas. Residir lejos de España, por ejemplo.

De acuerdo, como se ha repetido, en que la sucesión de Sánchez no será normal, como las demás que hemos conocido, pero sus actitudes y planteamientos tampoco lo son. Hay no pocas diferencias entre aquel Sánchez del Peugeot a la conquista de su mundo egocéntrico, y el Sánchez que volvería a Ferraz tras perder el poder. Su hipotético regreso tendría que afrontar algunos muros, esas construcciones que le son tan cercanas. Tras pasar por Moncloa no todo será igual en él ni para los demás respecto a él. Ese futuro no se apuntalará en su soberbia de libro, ni contará con el silencio y aparente impunidad que puede creer le presta el poder. Por mucho que los necesite.

A Sánchez le fallará un factor en este momento invalorable por desconocido: los intereses reales de los socialistas. No sólo de los que hoy controla; más allá de las individualidades. No nos engañemos. A los militantes de cualquier partido los mueve alguien; un dirigente local, provincial o regional, que no tiene necesariamente que coincidir con el promovido en una etapa anterior, un «mandado» de Ferraz. Pero el puzle se desbaratará cuando ellos, los «mandados» a la espera, dispongan otra cosa. El manto del Gobierno da calor, fuera hace frío. Alcaldes sin alcaldías, presidentes de Diputación desmochados, diputados y senadores sin capacidad de influir, parientes sin colocación. Ferraz sin el poder no será igual. Y el todopoderoso Sánchez sin coraza tampoco. Ahora reparte favores, luego no.

Con lo que estamos conociendo, la carta marcada del miedo a la derecha y a la ultraderecha no ganará la batalla a la realidad. En su primera comparecencia como portavoz Elma Saiz acusó al PP de hacer «una ultraderecha más gorda (sic)». Pero nada dice de la izquierda y la ultraizquierda favorecidas por Sánchez. Resulta que son ejemplarmente democráticas. ¿Los bien pagados sindicatos inundarán las calles? Ya lo sabemos. Lo hicieron siempre, y más ahora con unos dirigentes que no han trabajado nunca. Para ellos el despacho es una marisquería. Que nos cuenten cuántos millones han recibido desde que Sánchez y la apañadora Yolanda manejan el pasmo sindical.

El ciudadano no es tonto como piensa Sánchez. Él se quita de encima a quienes le estorban mandándoles a perder elecciones en las autonomías. Ellos lo saben. La pelota queda ahora en el tejado de la derecha, centrada o no. Guste o no guste. Hay que recordar aquel «Con Bildu nunca pactaré, ¿cuántas veces quiere que se lo repita?». Sánchez ha mentido siempre y tiene a los tribunales encima. No gobierna, no tiene Presupuestos, huye del Parlamento, al que debe su responsabilidad, declara que no convoca elecciones porque las perdería… Y se queda tan satisfecho.

A Sánchez no le perdonará su partido. Los veteranos por convicción y los advenedizos por precaución. Muchos paniaguados de hoy serán sus críticos más ácidos mañana. No es lo mismo estar en Ferraz que en Moncloa. Porque lo sabe, y por motivos judiciales, aguantará lo que cualquier dirigente democrático no aguantaría. El título de la conocida canción de Ronny Manchego, Te vas y no volverás, podría aplicársele a Sánchez. Sería un horror para España que volviese.