Gabriel Albiac-El Debate
  • Los ayatolás perdieron catastróficamente la guerra de Gaza. Pueden ganar está de ahora, que prolonga aquella sobre su propio pueblo. Dejar que tal horror pueda consumarse, no es sólo criminal. Es suicida

La implosión de la República de los Ayatolás iraníes se inició hace algo más de dos años. 7 de octubre de 2023. Irán desencadena en Gaza el asesinato de 1.200 civiles desarmados. Es la mayor matanza de población judía desde el exterminio nazi. Teherán sabe lo que vendrá después de eso: una respuesta militar completa. Y hace su cálculo: sumergido en la población civil de la Franja, el brazo terrorista de Irán, Hamás, no podrá ser vulnerado por el Ejército israelí más que al coste de una cifra inasumible de devastación en sus escudos humanos. Esa provocada catástrofe humanitaria haría saltar por los aires los embrionarios acuerdos de Israel con las potencias musulmanas del Golfo.

El cálculo era, en abstracto, óptimo. Israel y Gaza ponían los muertos. Arabia Saudí –enemigo primero de Irán– y sus aliados quedaban deslegitimados en la primacía islámica. Y el liderazgo iraní sobre la yihad pasaba a ser incuestionable. Sólo había que ponerlo en práctica con eficacia.

Los estrategos saben cuál es la clave mayor del gran arte de la guerra: intervenir siempre «en otro sitio». Conocen igualmente ese algoritmo los grandes ajedrecistas. En una esquina del tablero un intercambio trivial de piezas se desarrolla. Con parsimonia, casi con tedio. Inopinadamente, uno de esos flemáticos movimientos fulmina sin aviso el vértice opuesto del tablero. Cae el rey. La partida ha terminado.

En Gaza, hace dos años y medio, Irán detectó bien la debilidad de una frontera descuidada. E impuso la derrota táctica más agria en la historia de Israel. Puso también en marcha un intercambio de peones que fue incapaz de gestionar. En la frontera clave del Líbano, la eficacia tecnológica israelí exterminó en un solo golpe a la práctica totalidad de los mandos intermedios de Hezbolá, a través de sus propios beepers. De modo simultáneo, todo el alto mando fue aniquilado en sus cuarteles generales de Beirut. Las sucesivas direcciones de Hamás van siendo ejecutadas apenas toman posesión de sus puestos. Los golpes contra la jefatura terrorista llegan hasta el mismo Teherán, en donde hallará la muerte el jefe político de Hamás, Ismail Haniya, volado en la residencia oficial de los huéspedes militares del Gobierno iraní… Al cabo, el 13 de junio de 2025, el proyecto de armamento nuclear iraní fue bombardeado y destruido. La guerra de Gaza había terminado. Y el régimen de los ayatolás iraníes pasó, de peligro mundial, a obscenidad anacrónica.

La teocracia iraní ha dejado de ser un riesgo mayor para la paz mundial. Sigue siendo –y quizá más que nunca– una máquina de exterminio para sus conciudadanos. En especial, para una población femenina en la que aún resuena la memoria de haber gozado de ciudadanía libre antes de que clérigos bárbaros la redujesen a la condición de carne esclava, empaquetada en velos a cargo de sus varones. Tras el sangriento ridículo hecho por los clérigos de Qom en el Líbano y Gaza, la población iraní atisba resquebrajaduras en un régimen que ya no es invulnerable. Pero que sí sigue siendo mortífero. Mucho más de lo que podemos imaginar desde un Occidente del cual todo canal informativo ha sido cortado. Los 12.000 muertos en la última semana, en los que cifra Iran International el saldo de la represión, son más que verosímiles.

Los ayatolás perdieron catastróficamente la guerra de Gaza. Pueden ganar esta de ahora, que prolonga aquella sobre su propio pueblo. Dejar que tal horror pueda consumarse, no es sólo criminal. Es suicida.