Felipe Benítez Reyes-El Correo
- Trump ya no aspira a ser papa de Roma, sino el nuevo Mesías mundial
El vicepresidente de EE UU, J.D. Vance, viajó a Hungría para apoyar a Orbán en las elecciones, aunque hizo el viaje en vano: después de ejercer durante 16 años de sátrapa, Orbán las perdió estrepitosamente, lo que ha supuesto un alivio para muchos y un escalofrío para algunos, incluido en estos últimos el épico Abascal, líder absolutista de VOX, partido en el que han encontrado refugio y consuelo los españoles muy españoles y muy de España.
De Orbán se podrá decir lo que se quiera, y casi todo malo, pero nadie podrá negarle el mérito de haber conseguido algo muy parecido a la conciliación del yin y el yang: ser lacayo de Putin y a la vez sirviente de Trump, sin por ello dejar de ser un autócrata europeo de mentalidad antieuropea en funciones de caballo de Troya o de mulo de Budapest, según se mire. No creo que por esa conciliación vayan a darle el Nobel de la Paz, pero igual Trump lo manda a Venezuela como sucesor de Maduro, con la ventaja de que allí no correría el riesgo de que se produzca esa «invasión islámica» que el referido Abascal ha pronosticado para Hungría, donde, sin la vigilancia étnica de Orban, no sería raro que las iglesias acaben transformadas en mezquitas.
Y hablando de iglesias… Como ustedes saben, durante el último cónclave, Trump divulgó una imagen suya disfrazado de papa de Roma, postulándose como el candidato idóneo para el puesto. Hace unos días, decidió ascenderse en la jerarquía y se presentó como un equivalente de Jesucristo, sanador mediante la imposición de manos, una técnica médica que, por su bajo coste, vendría muy bien a la mayoría de estadounidenses, condenados a la contratación de gravosos seguros médicos que, como todos los seguros, acaban siendo laberínticamente inseguros cuando hay que reclamar sus servicios.
Según era de esperar, alguien que cree ser una reencarnación de Jesucristo y no cuenta con asistencia psiquiátrica acaba liando un poco las cosas, sobre todo si resulta que la gente lo ha sentado en el Despacho Oval. En consecuencia, el nuevo enemigo de Trump es el papa, pues donde esté el hijo de Dios que se quite su vicario en la Tierra, elegido al fin y al cabo por meros cardenales. Por su parte, el vicepresidente Vance, católico fervoroso y amante de las armas de fuego, ha instado al papa a que no se enfrente a Trump y que tenga mucho cuidado a la hora de hablar de asuntos teológicos. Claro que sí. Estaría bueno que el papa le llevase la contraria a alguien a quien Dios salvó la vida haciendo que el tiro le diese en la oreja y no en otra zona más delicada.
Por internet circula ya una broma: «Trump afirma que la CIA ha advertido de que el Vaticano podría desarrollar pronto una bomba nuclear». Pues eso.