Mikel Buesa-La Razón

  • Pedro Sánchez ejerce de repartidor con el dinero que nos saca en impuestos y cotizaciones

En España, la izquierda está empapada por el mito del reparto; es decir, por la idea de que la solución a cualquier problema se logra distribuyendo algo –dinero, bienes, solidaridad, derechos– entre los interesados. Ya lo estudió magistralmente Joan Martínez Alier en su libro sobre «La estabilidad del latifundismo», en el que mostró que, en la campiña cordobesa, persistía la creencia en que el reparto de la tierra resolvería todos los problemas sociales –desempleo, pobreza, injusticia–. Sabemos que ese mito se diluyó con la modernización agraria –la revolución verde–, pero dejó un poso persistente en la mentalidad de las clases populares, confundiendo así el progreso con la reclamación de subsidios y ayudas. Esta lección la absorbió sin dificultad el partido socialista, que en Andalucía acabó convirtiéndose en maestro de la repartición, empleando incluso canales bajo cuerda, como el de los ERE, con los que cavó su tumba. Sin embargo, ese fracaso político no fue óbice para que la idea redistributiva siguiera impregnando los programas y las prácticas políticas izquierdistas del socialismo, hasta el punto de que, con un toque de Marx –más bien disimulado– y otro de Keynes –en mucho malinterpretado–, acabara siendo casi lo único que ofrecer. Ahora lo comprobamos una vez más escuchando a Pedro Sánchez en su periplo electoral recién inaugurado. En pocos días ya ha prometido subir las pensiones –cuyo mercado cuenta con nueve millones y medio de electores–, el salario mínimo –dos millones y medio de ídem– y el sueldo de los funcionarios –casi tres millones–; además, por arte de birlibirloque, va a arreglar, con dos decretos, el problema de la vivienda –con diez millones de inquilinos–; y está ampliando las plantillas del sector público. Esto, nada más empezar, porque para repartir está él con su gobierno progresista. Claro que, como en todo, esto tiene su revés; y ese lado oscuro no es otro que Sánchez ejerce de repartidor con el dinero que nos saca en impuestos y cotizaciones. Un dinero que no ha hecho más que aumentar bajo su mando, de tal modo que, aplicando el viejo truco del almendruco, lo que él nos da, luego nos lo quita. Y así pretende ganar las elecciones a nuestra costa.