Javier Zarzalejos-El Correo
- EE UU ha dejado de ser el líder histórico, político y moral de Occidente. Y ahora Europa debe demostrar que es capaz de actual en la realidad
La vieja izquierda -esa que, en España, olvidando su sentida indignación por la violación del Derecho internacional, siempre justificó su antiamericanismo porque Estados Unidos no hizo con Franco lo que ahora ha hecho con Maduro- ya no necesita seguir con su oxidado ‘Yankees, go home’. Los ‘yankees’ ya se han ido. Y no solo se trata de un repliegue físico y militar. EE UU ha dejado de ser el líder histórico, político y moral de Occidente. Y lo ha hecho no por la presión de ningún adversario sino por voluntad propia, por fatiga secular, por ensimismamiento cultural, por olvido de las raíces que hicieron el país grande de verdad. El alejamiento amable incoado por Obama, con un Partido Demócrata deslizándose por la pendiente del ‘wokismo’, saturado de una ideología ciega ante la dureza de las realidades de la política global, ha adquirido con Trump su expresión más atrabiliaria, amenazante y obscena.
En el país que consagró el valor normativo de la Constitución, que introdujo un sistema de ‘frenos y contrapesos’ precisamente para evitar que personalidades como la de Trump se creyeran habilitadas para gobernar al margen y por encima de la ley en su letra y en su espíritu, en «la tierra de los hombres libres y el hogar de los valientes» como reza su himno, gobierna un presidente en cuyas intervenciones no se podrá encontrar mención alguna a la libertad, las garantías de los ciudadanos, las instituciones, el gobierno limitado a la democracia.
Por el contrario, rige un mandatario que desprecia la libertad de expresión -la de los demás-, insulta a sus adversarios, alienta las teorías conspirativas más atrabiliarias, cuenta en su trayectoria con la oscura instigación al asalto al Capitolio, y ha redefinido la política de Estados Unidos como una plataforma de apropiación global amparada en su poder militar. La narrativa trumpista es polarizadora en el interior y falsa hacia los aliados de EE UU. El siglo XX fue el siglo americano y el siglo XXI lo seguirá siendo por más que China desafíe el poder global de Washington y que Rusia, un país quebrado socialmente y con una economía de tamaño ridículo en relación a su dimensión, quiera apuntarse a ese nuevo desorden para redimir el fracaso histórico infligido por décadas de comunismo.
Trump reniega de lo que ha sido una creación política y civilizacional de Estados Unidos, incluido por supuesto el proceso de integración europea que arranca con la victoria aliada sobre el nazismo, continúa con el plan Marshall, la política de contención del comunismo y la Alianza Atlántica, la extensión del libre comercio, la cooperación económica y la concertación política. Las relaciones entre ambos lados del Atlántico no han sido siempre fáciles. No han faltado desencuentros, pero la imagen de un EE UU expoliado por sus aliados es una patraña que contradice la realidad.
Estados Unidos, es cierto, ha proporcionado seguridad a Europa, pero el 80% de las compras de material militar europeo se hacen a la industria estadounidense. La Unión Europea es con diferencia el primer mercado para las grandes compañías tecnológicas norteamericanas que, pese a sus quejas no infundadas por la excesiva regulación europea, consiguen enormes beneficios en este ámbito. Estados Unidos, a diferencia de la Unión Europa, es la potencia hegemónica con intereses -y réditos- globales. La cooperación europea ha sido esencial para que esos intereses quedaran protegidos ya sea a través del despliegue militar en suelo continental o mediante la cooperación diplomática.
¿Y Europa, qué? Pues Europa debe demostrar que, además de quejarse y emitir comunicados sobre el ‘deber ser’ de las relaciones internacionales, es capaz de actuar en la realidad. Y lo cierto es que no hay síntomas de que las cosas vayan por allí. En esta misma tribuna califiqué el resultado del último Consejo Europeo de «debacle diplomática». Ni hubo acuerdo sobre la utilización de los fondos congelados a Rusia para financiar la resistencia de Ucrania, ni hubo acuerdo sobre la firma de Mercosur, la gran zona de libre comercio con Brasil, Argentina, Uruguay, más siete países asociados. Dos graves torpezas en los dos escenarios que hoy son claves y que revelan la ausencia de una mínima visión estratégica del papel que Europa debe desempeñar.
Así no hay voz que se oiga en el mundo. Europa tiene que elegir, porque si no es capaz de ser uno de los comensales, inevitablemente será parte del menú.