Javier Fernández Arribas-El Correo

  • La voluntad de poder y la ambición desmedida de Trump alarman a la UE

Un espectro recorre el mundo. Un seísmo global amenaza con derribar sus estructuras, como anuncian las voces más alarmadas. Se nos caen las palabras a pedazos y el sentido se desdibuja. Ya no sabemos a quién creer. Nadie conoce con exactitud el alcance de los planes de Trump. El presidente americano se pelea hasta con su sombra para demostrar que no le tiene miedo a nada en el cuadrilátero planetario. China y Rusia, frotándose las manos con excitación, no le quitan ojo y esperan agazapados sus tropiezos y traspiés. Y Trump está moviendo hilos ideológicos en pos de la sumisión total de Europa a la OTAN.

De aquí a noviembre veremos cosas inimaginables. La política europea no ha sabido preverlas. Europa no tiene quien la defienda y su propia constitución es contradictoria. Avanzar en la fusión federal es un proceso complicado y lento. La soberanía nacional sigue siendo, a día de hoy, un valor fundamental para la mayoría. No se pasa rápido de una Europa débil y dividida a los Estados Unidos de Europa. La aceleración de los acontecimientos no lo permite.

La unión no funciona en la cultura, asignatura pendiente de la eurozona desde sus inicios, como se vio el sábado en la gala de los Premios del Cine Europeo. La diversidad cultural europea conduce a la aberración monolingüe que impone el inglés como lengua dominante de comunicación. Solo los italianos se expresaron en la lengua de Dante, mientras los otros, incluidos los acomplejados hijos de Cervantes, lo hacían en la lengua de Shakespeare, es decir, el idioma del imperio.

No nos engañemos. El dominio del inglés no es un fenómeno diferente de lo que hace Trump. Recordarnos, en definitiva, quién manda en el mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Cuando ciertos analistas afirman que está cambiando el orden geopolítico surgido de esa posguerra, precisamente, se olvidan de que es el único actor capacitado para hacerlo en el contexto occidental. Nuestra impotencia política es causa y consecuencia a la vez de la hegemonía yanqui de la que Trump hace tan grosera ostentación.

Por desgracia, nuestros mayores enemigos son los que observan fríamente los desmanes del patoso gigante americano, acechando su caída. Los tenemos plantados en la frontera oriental de la UE aguardando su oportunidad e interpretando cada gesto que hacemos y cada decisión que tomamos. Es la clave geopolítica del momento, más allá del trampantojo de Trump. Salir de la historia no es tan fácil como algunos pretenden. Y enmendarla tampoco.