- Este año de tinieblas socialistas que arranca tiene mil caras, pero tres especialmente ominosas. No hay una corrupción. Hay una, dos y tres. Ninguna es mejor que la otra. Todas son malas
De la urna de cartón tras un biombo a las saunas de su suegro. Del piso sufragado por la profesión más antigua del mundo a la banda del Peugeot. De la venganza contra los barones a la moción de censura pactada con traidores, etarras y separatistas. De las cátedras para esposas académicamente frustradas al dedazo para el hermano en paro. De la degradación del fiscal general al sometimiento del Tribunal Constitucional. Del feminismo como coartada a Ábalos, Koldo, Tito Berni y Salazar. Del no tan Santos Cerdán a las cloacas de Leire. De Zapatero preguntando de qué están hechas las nubes a la CIA y a Trump pisando los talones al chavista de León. De los pagos en sobres a las denuncias feministas guardadas en cajones. Esta es la España política a la que se asoman los españolitos de Machado a los que, efectivamente, Dios debe guardar, después de arrostrar siete años y medio de sanchismo.
Este año de tinieblas socialistas que arranca tiene mil caras, pero tres especialmente ominosas. No hay una corrupción. Hay una, dos y tres. Ninguna es mejor que la otra. Todas son malas.
Corrupción institucional
Las tres legislaturas de Pedro Sánchez van a alcanzar este año sus mayores niveles de deterioro institucional, ese valor supremo que todos los Gobiernos intentaron respetar pero que él ha devastado. Acaba de terminar 2025 con la condena del fiscal general por incumplir sus obligaciones más elementales: custodiar el expediente de un ciudadano que dejó para el Gobierno de ser anónimo porque era la pareja de Díaz Ayuso, la enemiga número 1 de Sánchez. García Ortiz no solo fue investigado, luego procesado y finalmente condenado, sino que se mantuvo en el cargo, con el apoyo expreso del presidente, hasta conocer su condena. No hay mayor desdoro institucional que el que ha vivido esta institución, con su máximo jefe sentado en un banquillo en el Supremo, defendido por la Abogacía del Estado y sus subordinados de la Fiscalía. La procesionaria sanchista, que ha carcomido cada vena de nuestro sistema de convivencia, alcanzaba así sus cotas más dañinas.
La vía de confrontación alentada por el Gobierno es otro de los brazos de esa hidra que ataca las instituciones democráticas. Su vocación guerracivilista y la polarización y cancelación de todo aquel que no piense como él, va a dejar una huella terrible –como bien resaltó el Rey en su discurso de Nochebuena–, en el debate ciudadano, en el respeto público y hasta en la convivencia familiar y amistosa. El ataque directo a los jueces, especialmente a los que investigan a la familia del presidente y al Alto Tribunal, es la culminación de una depravación antidemocrática que no halla precedentes ni en nuestra historia ni en el resto de Europa y que en 2026 pasará si cabe más factura al país en términos de división irreconciliable.
José María Aznar advertía hace unos días que padecemos «un tejido institucional masivamente dañado». Se quedó corto. Muchas instituciones, que nos pertenecen a todos, están literalmente secuestradas por el poder: desde el propio Ministerio Público a la Abogacía del Estado, desde el CIS al Tribunal Constitucional, desde el Banco de España al INE… Y algunos, como el Hipódromo, Correos, la empresa del uranio ENUSA o Paradores son las nuevas agencias de recolocación de Pedro Sánchez, adonde manda a los desechos de tienta de su entorno. Los espacios de consenso han acabado y todo lo público es ya un coto privado.
El responsable del Ejecutivo ensucia la sala del Consejo de Ministros para atacar al jefe de la oposición, sus portavoces son recurrentemente sancionadas por hacer mítines en lugar de explicar proyectos de ley, allí se da la palabra casi en exclusiva a medios afines, el jefe del Gabinete jamás concede una entrevista a un periódico que no sea de su cuerda, usa la televisión pública como si fuera de su propiedad, no responde en el Congreso a las preguntas de los partidos de derechas sino que las manipula para atacarlos, lleva sin convocar un debate sobre el estado de la nación desde julio de 2022, el único en siete años de mandato, y sin llamar a Feijóo, a la sazón el líder que ganó las últimas elecciones, desde que el 22 de diciembre de 2023 acordaron reformar la Constitución para reemplazar el término «disminuido» por el de «persona con discapacidad» en su artículo 49. A pesar de que en privado presume de sostener a la Monarquía española, una de las andanadas más escandalosas ha sido su ofensiva precisamente contra esa institución. Primero en la figura más debilitada de Juan Carlos I; luego en la de su hijo, un modélico Rey al que trata de introducir en un corsé meramente ornamental, escocido por su prestigio y el respeto ciudadano que despierta, tan lejano del «rechazo visceral» que él provoca, como acertadamente escribió hace unos días la exdirectora de El País, Soledad Gallego-Díaz.
Corrupción económica
Las mordidas, los cohechos, la malversación, el tráfico de influencias y la pertenencia a organización criminal eran, según vendió Sánchez a sus cómplices parlamentarios en la moción de censura a Mariano Rajoy, cosa del PP. Pero no tardaría en darse la vuelta a la tortilla porque precisamente quien defendió ante el Congreso la salida del expresidente popular, el inefable José Luis Ábalos, fue el primero en hacer justo lo que criticó. ¿Y cómo se llega de las alfombras del poder a la cárcel de Soto del Real? Degenerando, como el banderillero de Belmonte. Hemos sabido que según bajaba del estrado del Congreso el 1 de junio de 2018, después de defender la primera moción que triunfaba en democracia, establecía un plan -criminal, según la justicia- que se proyectaría desde el mismo corazón del Ejecutivo y la médula del partido: por primera vez una sola persona compatibilizaba ambos cargos. Revelador. En concreto, desde el Ministerio de Fomento, el más inversor, el que más obras contrata, el que más adjudicaciones decide. Los amaños continuaron durante tres largos años y tuvieron un extra en pandemia: la necesidad de material sanitario también fue aprovechado por Ábalos y su lugarteniente Koldo para llenarse los bolsillos de dinero manchado del virus que se llevó la vida de probablemente más de 160.000 personas –cifras que siempre ha ocultado el Gobierno, en otro ejemplo más de falta de transparencia y envilecimiento institucional.
Cuando el ministro y secretario de Organización es despedido del Gobierno en 2021, le sucede otro socialista con un historial en Navarra lleno de irregularidades, que arrancaron con la millonaria obra del túnel de Belate. La corrupción sanchista no solo no terminó con la salida de Ábalos, sino que se intensificó con la llegada de Santos Cerdán al despacho noble de Ferraz, quien fue reconfirmado en su cargo cuando ya había informaciones que apuntaban a su doble vida. El «cupo vasco» adquiría carta de naturaleza y se desplegaba en cada rincón de España, hasta que la UCO paró en seco a Cerdán, que ingresó en prisión. Dejando el módulo 13, cinco meses después, para que lo ocupara su antecesor en el «eficaz» casting de Sánchez. Pleno al quince para quien tiene obligación no solo de elegir bien sino de vigilar que su opción no descarrile.
En este año que arranca, hasta diez sumarios aguardan al jefe de Moncloa, a su familia y a su partido. Desde el caso Koldo al de las mascarillas, pasando por el de Hidrocarburos, con la pieza del rescate a Plus Ultra y sus conexiones con el expresidente Zapatero. La Audiencia Nacional también investiga secretamente la contabilidad del PSOE, con la sospecha de que pudiera haber financiación ilegal del partido, una vez que se escuchó la declaración del exgerente Mario Moreno que detalló el descontrol con el que se abonaban gastos en efectivo a los dirigentes socialistas, empezando por el propio presidente del Gobierno, que ha tenido que reconocer que recibió sobres en líquido. Tampoco faltará en nuestras pantallas el increíble caso de la fontanera Leire Díez, detenida y acusada por intervenir en los tejemanejes de la SEPI, la sociedad que controla los activos del Estado, cuyo expresidente, Vicente Fernández, también ha sido encausado, una persona de la estricta confianza de María Jesús Montero.
Además, la simpar Leire también está siendo investigada por actuar, en nombre del PSOE, para perjudicar desde las cloacas socialistas a altos funcionarios del Estado –fiscales anticorrupción, jueces y agentes de la UCO–, responsables de operaciones que, casualmente, afectan a la familia de Sánchez. Precisamente tanto su hermano, David Azagra, imputado junto a otros 15 altos cargos por su enchufe en la diputación de Badajoz, con el ya exlíder socialista en Extremadura, Miguel Ángel Gallardo, a la cabeza, como su propia esposa, Begoña Gómez, acusada de cinco delitos por hacer negocios con dinero público desde Moncloa, ocuparán las primeras páginas de los diarios. Una imagen demoledora para el sistema que fundó su hermano y esposo ya va camino de ocho años.
Corrupción moral
La corrupción moral es la tercera y quizá la más erosionante para el PSOE. Porque se basa en la simulación, el desdoblamiento y la hipocresía. En la mentira. Fundacional en este régimen: Pedro no había escrito la tesis doctoral y mintió al tribunal. Lo supo España nada más arrancar su Gobierno y el presidente no se fue rojo de vergüenza. A pesar de que desde la tribuna del Congreso el mismo día de la moción a Rajoy había aplaudido «la decencia» de un ministro alemán que dimitió tras ser pillado copiando. Sánchez, la mentira hecha persona, nunca dio una sola explicación y se quedó. Con un complejo aspiracional que comparte con su pareja, el presidente logró doctorarse en una universidad privada –a la que ahora llama chiringuito– copiando párrafos enteros de un trabajo ya facturado anteriormente al alimón con otra persona. El presidente cometió lo que se denomina autoplagio o contenido duplicado al insertar en su tesis, sin cita alguna, dos artículos que había publicado meses antes en revistas científicas junto a otro, este sí profesor. Así inició un recorrido de inmoralidad personal que ha ido sumando hitos en sus ya tres legislaturas.
Desde la tesis, ha colocado la mentira como pilar de su gestión. Ha mentido en todo: empezando por la amnistía -ahora espera poder regalársela este año a Puigdemont, al que prometió que la Fiscalía que dependía de él le trajera de las orejas-, siguiendo por el concierto económico y la traición a las víctimas de ETA. A ellas y al resto prometió que jamás pactaría con Bildu, los proetarras de Otegi, y que los asesinos cumplirían íntegramente sus penas. Y ese partido, al que ha blanqueado, se ha convertido en su más leal costalero en el Congreso e inspirador de leyes como la llamada Memoria Democrática, en un ejercicio aberrante de inmoralidad pública. También mintió cuando Delcy visitó furtivamente España -vendió que Ábalos era poco menos que el nuevo Metternich de la diplomacia española para evitar «un conflicto internacional». Solo era un ejemplo más porque para mantener el apoyo de sus socios inició un proceso de deconstrucción de la Constitución de 1978 y de patrañas elevadas a «cambio de opinión». Hacer de la necesidad, virtud, justificó. Ahí le han acompañado también sus aliados, con Sumar a la cabeza. Miran para otro lado, mientras al presidente que les da la vida cesión a cesión, está encharcado de lodo.
Su deshonestidad le ha llevado hasta a defender que es un ganador electoral, cuando ha tenido los fracasos más humillantes de la democracia, ya que llevó a su partido a los 80 escaños. Está por saberse lo que ocurrirá este año en Aragón, Castilla y León y Andalucía, donde puede replicarse el descalabro de Extremadura. Por no ganar, no ha ganado ni la batalla presupuestaria pues ha renunciado a presentar cuentas públicas durante tres ejercicios consecutivos. Y sin capacidad legislativa ha cumplido lo que prometió desde su clamorosa falta de ética: que gobernaría «con o sin el poder legislativo». Eso hace. También se ha sumado en política internacional a las dictaduras del Grupo de Puebla y España ha sido eliminada de los centros de poder europeos, donde ya no cuenta tras negarse a contribuir en defensa con el compromiso que exige la amenaza de Putin -del que se sienten muy cerca sus socios de Gobierno. España, reducida a una caricatura moral, es un BRICS para el presidente Trump. La mayor proyección conseguida en la era Sánchez es haber sacado a nuestro país del festival de Eurovisión.
Pero en Moncloa saben muy bien que su doble moral con las mujeres es su principal espada de Damocles. Un reguero de denuncias por acoso contra personas afines al presidente, como su amigo del Peugeot, Paco Salazar, y sus principales colaboradores, no solo no fueron perseguidas por Moncloa y Ferraz sino que fueron tapados durante cinco meses, escondidos en un cajón por ver si escampaba. El partido del feminismo, del Consejo «de Ministras» resulta que tenía a dos de ellas, Pilar Alegría y María Jesús Montero, las dos paracaidistas de Sánchez en Aragón y Andalucía, respectivamente, tapando a Salazar porque era un amigo fiel al presidente, El «hermana, yo sí te creo» a conveniencia. Hasta la primera comió con él tras conocerse el escándalo y ahora trata de tapar su pecado haciendo vídeos ridículos como candidata a Aragón. Un partido que ha hecho campañas de Me Too en casas ajenas y tenía la propia hecha unos zorros. Solo hace falta leer en letra de periódico los comentarios de Ábalos y Koldo sobre las prostitutas con las que se relacionaban y pagaban con dinero público o los comentarios que hacía el asesor de Sánchez, Salazar, a sus compañeras al otro lado del tabique del despacho del presidente para saber que el hundimiento de Sánchez está cerca, a pesar de que siga enganchado a la brocha del «que viene el coco de la ultraderecha», que ha terminado siendo un meme. Un 7 % del voto femenino que salvó a Sánchez en 2023 ha volado. Está por ver lo que ocurre este recién estrenado año si aparecen más dosieres internos, como es más que probable.
En la célebre película Todos los hombres del presidente, David Frost dijo aquello de «si el presidente lo hace no es ilegal», frase que ha pasado a la historia como el primer mandamiento de una autocracia. Nixon se libró de la prisión gracias al indulto que firmó Ford. Y la prensa salió reforzada de aquel envite. Quizá por ello, Sánchez no ha hecho otra cosa que acariciar la posibilidad, con el Plan de Acción por la Democracia, de Bolaños, de cerrar la boca al periodismo libre y tildarlo de fango: sobre todo aquel que destapaba el escándalo de los business de su mujer. No lo ha conseguido. Este año tendrá que sufrir muchos titulares sobre las corrupciones del presidente. Cada una de ellas más grave que la otra. O dimitir. O convocar elecciones. Las dos veces que el PSOE ha tenido que desalojar el poder lo ha hecho de manera convulsa: a González intentaron sucederle Almunia y Borrell y el partido se rompió casi en dos. Y cómo olvidar el daño que hizo Pedro Sánchez en sus dos desembarcos. La tercera ocasión en que el PSOE tendrá que volver a la oposición no será mejor. Se trata de Sánchez, no lo olvidemos.