Ignacio Camacho-ABC

  • Sánchez aspira a un resultado decoroso que aun perdiendo el poder evite el descalabro y le dé opción de conservar el liderazgo partidario

Al comienzo de una campaña electoral todos los candidatos en liza tienen un objetivo marcado y una estrategia para intentar alcanzarlo, partiendo de la contrastada base de que la realidad casi nunca se ajusta a los cálculos. En esta ocasión, sin embargo, Sánchez tiene dos propósitos, uno oficial y otro no declarado pero admitido sin demasiados tapujos por su círculo de pretorianos. El primero consiste, como es natural, en mantenerse en el poder a sabiendas de que las probabilidades de conseguirlo rayan en las de un milagro. Imposible no es, sobre todo contando con la contumaz tendencia al autosabotaje que tiene demostrada el adversario, pero hasta el más optimista de sus seguidores entiende que el margen de optimismo parece bastante limitado y que el desenlace más verosímil del empeño apunta al fiasco. A partir de ahí entra el plan B, centrado esencialmente en obtener un resultado decoroso que evite el descalabro y le deje viva alguna opción de conservar al menos el liderazgo partidario.

En ambos casos no varía la estrategia: se trata de absorber el espacio de la ultraizquierda por el método de subrogarse sus propuestas. En esa fase estamos desde que el desahucio de la anciana Maricarmen encendió en la Moncloa las luces de emergencia. Un discurso de populismo desaforado que incluye la intervención en el mercado de la vivienda, la descalificación del Parlamento y un clima de agitación callejera que los sindicatos se encargarán de calentar con una huelga. Los asesores le han dicho al presidente que aunque esa vía no le alcance para reeditar el bloque de investidura podría permitir que su papeleta sea la primera fuerza si el PP continúa estancado frente al crecimiento imparable de un Vox favorecido por el clima de polarización extrema. El esquema contempla un escenario donde Pedro pueda desplegar una oposición de trinchera que desestabilice y acorte el previsible mandato de las dos derechas facilitándole, como a Trump, una vuelta triunfal con laureles de César. El problema es que ese designio depende de tantas y tan diversas contingencias que termina por aproximarse al cuento de la lechera.

Mike Tyson decía que todos sus rivales salían con un plan hasta que recibían el primer puñetazo –bueno, él usaba otra palabra– y el diseño táctico que habían entrenado se venía abajo. La salida del poder suele dejar a mucha gente en el paro; en esos momentos críticos los partidos recién desalojados del Gobierno tienden a caer en el nerviosismo, cuando no en el caos, y sus cuadros dirigentes, huérfanos de cargos, se vuelven más proclives a la catarsis interna que a la digestión serena del fracaso. Para que el sueño sanchista se cumpla tendrían que ocurrir muchas cosas en poco plazo, entre otras no menores que el líder logre sortear indemne la yincana de escándalos que esperan en los juzgados. La política nunca reserva a los derrotados un destino grato: aún quedan casi dos meses para las elecciones y ya están tiritando bajo el polvo de la incertidumbre algunos cuchillos lorquianos.