- Todos los casos de corrupción nos llevan al mismo lugar. En esta ocasión no hay señor X. Está más que despejada la solución a la ecuación. Aquí hubo y sigue habiendo una guerra sucia de libro contra una rival política
Todos los escándalos políticos que hoy padece España tienen su zona cero en la Moncloa. Es la primera vez que la Presidencia del Gobierno se encuentra implicada de esta manera: el caso del fiscal general, la cátedra fake de la esposa de Sánchez, el trabajo no atendido de su hermano y todo lo que concierne al hombre que era de facto el auténtico vicepresidente hasta que lo destituyeron, José Luis Ábalos. Todos los desenfrenos nos conducen al mismo lugar y parece que en cualquier momento la responsabilidad puede escalar más allá de los cargos intermedios. Ya saben que la autoridad se delega, la responsabilidad no.
Ayer conocimos un indicio más de culpabilidad de esta trama de inmoralidades políticas. Pilar Sánchez Acera, la que trabajó en la Moncloa como asesora de Óscar López, y que fue quien filtró el mail del novio de Díaz Ayuso, también cambió de móvil y borró los mensajes con ayudas oficiales. Medios que pertenecen a todos los españoles utilizados presuntamente para delinquir. Dos delitos a falta de uno. ¿Qué había en esos móviles y en esos mensajes para que todos los borrasen y cambiasen de aparato? Es el indicio más claro de que hay responsabilidad culposa. El magistrado Hurtado tendrá que construir bien su edificio argumentativo, pero tiene ya la certeza moral de que estos se confabularon para agredir moralmente y atacar políticamente a un rival político. Cuando uno ya no puede con su enemigo tiene dos posibilidades: rendirse o caer en el delito.
Lo llamativo de toda esta escandalera es que todo empieza y termina en la Moncloa. Ahora mismo es la zona cero de los estrépitos. Una asesora de la Moncloa pedía dinero a las empresas para la cátedra fake de Begoña. Otro asesor del mismo lugar gestionaba los asuntos del «hermanito» –según sus propias palabras— de Sánchez. Pilar Sánchez Acera también estaba en la Moncloa, el fiscal imputado –vergüenza para su carrera– acudía a la Presidencia a recibir indicaciones. También ocurrió allí la escena en la que Ábalos escuchó: «…Y ahora, José Luis, tú sabes que también tienes que irte».
Todos los casos de corrupción nos llevan al mismo lugar. En esta ocasión no hay señor X. Está más que despejada la solución a la ecuación. Aquí hubo y sigue habiendo una guerra sucia de libro contra una rival política. Para que nos despistemos montan el vigésimo esperpento de mover cadáveres sin permiso de las familias. Esa necrofilia de Alegría y Torres es todo un dato de la degeneración política que ahora mismo padecemos. Resuelvan los problemas de los vivos y dejen a los muertos en paz. Efectivamente, estos se mueven entre la tragedia y la comedia. Con las mismas palabras se escriben ambas.