Ignacio Camacho-ABC

  • España carece de estrategia migratoria. El electoralismo de brocha gorda no funciona ante una encrucijada histórica

EL pensamiento razonable puede ponderar ventajas e inconvenientes de una regularización masiva de inmigrantes. Calibrar, de una parte, la conveniencia de aflorar empleos de economía sumergida integrándolos en los mecanismos de cotizaciones sociales –hacer normal algo que ya lo es en la calle, que diría Adolfo Suárez–, y de otro lado el indiscutible efecto llamada que ejercerá sobre unas fronteras sometidas a tensiones muy graves. Pero en la política actual no queda margen para ninguna clase de pensamiento razonable, sustituido por la prioridad inmediata de los cálculos electorales. De tal modo que la decisión no tiene tanto que ver con los intereses de la nación ni con el bienestar de los inmigrantes como con las conveniencias particulares de Pedro Sánchez.

La cosa no va, como sostienen algunos agitadores populistas, de asegurarse votos directos. Antes de que los futuros regularizados puedan votar tendrían que nacionalizarse y para eso hace falta mucho tiempo. Se trata sobre todo de complacer a Podemos, de procurar su apoyo a los Presupuestos, y a la vez de calentar el argumentario de rechazo sobre el que Vox construye su ascenso. El laboratorio monclovita pretende incrementar la polarización subiendo los decibelios del debate sobre los extranjeros –fuera o dentro–, en el que el PP se ve atrapado y en riesgo de quedarse en fuera de juego porque buena parte de su electorado no admite términos medios.

Y Podemos ayuda, claro. En plena campaña aragonesa, Ione Belarra se apuntó de modo inesperado a la teoría conspiranoica del Gran Remplazo: quiere remplazar a los ‘fachas’ (sic) por los recién llegados. Política de trazo grueso para asustar a un sector de población que se siente amenazado por la afluencia de latinos, magrebíes y subsaharianos. El objetivo consiste en que la derecha radical suba escaños para utilizarla después como espantajo. Si ese recurso no logra obstaculizar el cambio, al menos producirá un Gobierno poco cohesionado, fácil de desestabilizar a medio plazo. Mientras el sanchismo piensa en alargar el mandato, sus socios de extrema izquierda lo dan por liquidado y preparan la resistencia con notable adelanto.

El futuro del país no importa. Se diseña a base de improvisaciones espasmódicas, sin luces largas y sin más miras que las de resolver urgencias comprometedoras. España carece desde hace muchos años de consensos sobre estrategia migratoria, y las pocas medidas que adopta van a contramano de la tendencia dominante en Europa. Nadie ha considerado en serio los beneficios y los problemas de otorgar papeles y residencia a medio millón de personas. Simplemente se busca dividir aún más a la sociedad, situarla en la tesitura forzosa de tomar posición a favor o en contra. Electoralismo de brocha gorda, tormentas de demagogia en torno a un asunto con suficiente entidad propia para constituirse en una encrucijada histórica.