- Que te llame a la moderación una peña capaz de tragarse entera, en silencio, la matanza de millares de opositores iraníes en cuestión de días tiene miga. Son una parte. Pero todos se sienten obligados a denunciar, por ejemplo, la espontánea respuesta popular a la mención del nombre de Pedro Sánchez
La verdadera división de los humanos no es étnica, ideológica, sexual. Hay divisorias más significativas que las habituales, como la pesadez, el olor corporal o la generosidad. Pero lo que nos separa de verdad, lo que levanta un muro inexpugnable, aleación de metales morales y genéticos, son las tragaderas. Si se quitan por un momento las gafas izquierda-derecha y se ponen las de tragar-no tragar, entenderán mejor algunas fenómenos en apariencia inexplicables. A la gente normal le escandaliza el doble baremo de esta izquierda desnortada, incoherente, sentimental y pegajosa. Cambien de gafas. Yo tengo unas que, si se lo pides bien, te dan información sobre lo que tienes delante. Pues esto es parecido. Mira de frente a la militancia socialista, pasa de inservibles y viejas categorías, y pregúntate: ¿cómo van estos de tragaderas? Así, mediante fórmula tan sencilla, surge el rasgo común, la pulsión masoquista, de regodeo en la propia humillación, o de autocastigo, o de inseguridad, o de absoluta falta de criterio, o de urgente necesidad de asideros, o de miedo al abismo de la libertad: unas tragaderas extraordinarias por lo profundas, anchas y acogedoras.
Atención, dijimos que el muro no separa por ideologías. O sea, aunque la izquierda española, o la izquierda en general, quede ahora mismo toda a un lado, ni eso ha sido siempre así, ni están solos tragando como reinas. Les acompañan gentes de muy diferentes querencias políticas, siendo así que en ese lado del muro se detestan. Sin embargo, sufren ataques de mimetismo repentino al oír los mensajes que llegan del lado de los que no tragan, demostrando dónde está la nuez del asunto. Unánimes, los tragasables, los tragaldabas, lanzan acusaciones de extremismo y llaman a la moderación. Que te llame a la moderación una peña capaz de tragarse entera, en silencio, la matanza de millares de opositores iraníes en cuestión de días tiene miga. Son una parte. Pero todos se sienten obligados a denunciar, por ejemplo, la espontánea respuesta popular a la mención del nombre de Pedro Sánchez.
Compran la campaña de lavado de imagen de Zapatero, siniestro lobista de un narcoterrorista. Hay que tragar como la del Circo Price, o cobrar, para manejar siquiera la hipótesis sin descojonarse. Ello sucede, justamente, cuando el tío al que odian todos en el lado tragón del muro acaba de atrapar al tirano. Clama al cielo. Los tragasables, ajenos a la náusea, pueden ser o no ser favorables al mal absoluto de la tiranía chavista en desmontaje. No olviden este punto. No olviden prescindir de las gafas ideológicas durante la lectura de este artículo. En casos tan claros como el de Venezuela, parecería que nada puede unir a los tragantones de izquierdas y de derechas. Pues atención: en sinceras declaraciones de alegría por la caída del tirano, pagan un peaje. El peaje consiste en puntualizar: «Aunque no puedo aceptar el uso de la fuerza contra un país soberano…» O sea, en los momentos en que podrían permitirse la mayor alegría, siguen tragando por ahí.