Editorial-El Correo
- El aturdimiento de Europa ante el avance del nuevo orden de Trump la enclaustra en su trinchera, con España sin una posición de Estado
El paso de los días y la cadena de decisiones, adoptadas en exclusiva por la Casa Blanca de Donald Trump, sobre el presente y el futuro inmediato de Venezuela están despejando las intenciones de largo alcance de un derrocamiento de Nicolás Maduro cuya onda expansiva se proyecta mucho más allá. Tanto como para alcanzar, con un solo y fulgurante golpe de mano al margen del Derecho Internacional, a Colombia y a Cuba en la región; para amedrentar un territorio tan sensible para las soberanías compartidas de los europeos como Groenlandia; y para estrechar aún más el margen a la Ucrania de Volodímir Zelenski que se resiste, con su país exhausto, a un acuerdo de paz a la medida de Trump y legitimador de la invasión de Rusia. La operación estadounidense para hacer caer al líder de un régimen tan abyecto como el chavista ha liofilizado en apenas unas horas el ‘paradigma Trump’: una estrategia de hechos consumados que mezcla el personalismo sin filtro de su líder con una priorización desacomplejada de los intereses de Estados Unidos, identificados en todo caso con las ambiciones del trumpismo.
Más allá de la ‘realpolitik’ según la cual, una vez depuesto Maduro, mejor la dirigencia de la dictadura para encauzar el ‘postchavismo’ tutelado que contar para la transición con la disidencia de María Corina Machado, la presidencia de Delcy Rodríguez representa la supeditación del anhelo de democracia a la pulsión de la Casa Blanca por extender el iliberalismo. Lo ha resumido -refiriéndose a las ansias expansionistas sobre Groenlandia, pero lo mismo da- el asesor Stephen Miller: «El mundo se rige por el poder», no por «las sutilezas».
Un terreno de juego inhóspito para la UE no solo porque elimina las imprescindibles balizas de la legalidad internacional -«las normas» que defendió ayer el Rey, en el acto castrense de la Pascua Militar, ante «la amenaza creciente que llega al corazón de Europa»-; también por la resistencia histórica, tras el trauma colectivo de las dos guerras mundiales, a hacerse cargo de su propia seguridad y convertirse en un actor que también cuente en la defensa sin pretensiones belicistas, con independencia de los requerimientos de Washington. El aturdimiento de la Unión la enclaustra en su trinchera. Y la quiebra del entendimiento político en España impide fijar una posición de Estado ante un trance cada vez más crítico que nos concierne y nos interpela.