IÑAKI EZKERRA-EL CORREO

  • Lo de cambiar de especie es algo que solo a un ser humano se le puede ocurrir

La Ciencia no se detiene y alcanza metas que ayer nos parecían impensables. Manel de Aguas, por ejemplo, es un joven barcelonés que se ha convertido en ‘trending topic’ porque no se considera humano sino ‘transespecie’ y se ha implantado dos aletas de pez sobre las orejas que le permiten percibir en toda su intensidad la humedad atmosférica como si fuera un anfibio. Manel de Aguas sueña con vivir bajo las aguas y, aunque de momento no ha sido posible satisfacer su acuático y redundante deseo, puede detectar, gracias a los implantes cibernéticos que lleva conectados quirúrgicamente al cráneo, la menor alteración meteorológica y predecir cambios en el nivel de la presión, el vapor o la temperatura ambientales. Su caso me recuerda al de una amiga de mi abuela que sabía cuándo iba a llover porque le dolían los juanetes, aunque la pobre no tenía las ínfulas de Manel de Aguas. No era viral ni fardaba de transhumana y de estar interactuando con el clima.

En realidad el transespecismo encierra una contradicción insalvable: reniega de la especie humana, pero a la vez se sirve de la tecnología que sólo ésta puede fabricar. Dice castigar la egolatría antropocéntrica pero la alimenta, pues la idea de cambiar de especie es algo que sólo a un ser humano se le puede ocurrir. Si, como decía Sartre, el hombre es una pasión inútil, el deseo de querer dejar de ser hombre es la expresión más acabada de esa inutilidad. Aunque haya quien le tacha de extravagante y le haga, con ello, creerse original, Manel de Aguas abunda en una tradición que se inaugura en el Génesis y en la manzana de Eva, o sea, en el viejo afán de no contentarse con ser humano y de competir con la divinidad. Aunque crea que no es humano, es más humano que nunca por ese deseo de dejar de serlo.

De Aguas va de pez por la vida y por las redes sociales, pero su filosofía hace aguas por todas partes. No conozco a ningún pez que cuelgue sus fotos en Instagram ni que se despoje, como él confiesa que hace, de sus aletas para dormir. Si se es transespécimen hay que serlo las veinticuatro horas del día y con todas las consecuencias. Quitarse las aletas para echar un sueñecito es un acto de alta traición a la fauna marina. Para más inri, esas prótesis que le han injertado a ‘nuestro hombre’ se recargan con energía solar y le permiten conectarse a las redes Wi-Fi. Es decir, que estamos ante unas aletas sostenibles que de noche no se sostienen. Estamos ante un ‘trans de lo trans’ y un símbolo genuino de la España de hoy, o sea de esta transEspaña en la que Sánchez es un populista atrapado en el cuerpo de un muñeco de guiñol socialista e Iglesias un transcomunista al que Stalin no habría dudado en enviar al Gulag.