Tonia Etxarri-El Correo

Con el accidente de los trenes en el tramo de Adamuz (Córdoba), la paralización del tránsito de Rodalies en Barcelona y la circulación de los AVE dando bandazos en la velocidad estipulada (de 300 km/h a 160) no solo no estamos dando la imagen que debía corresponder a la cuarta economía de la Unión Europea sino que, hoy por hoy, no se puede presumir de tener la red de alta velocidad mayor del mundo, después de China. Habrá que sacar fuerzas de flaqueza en estos momentos en los que parece que el gafe se ha apoderado de España para no caer en el vicioso enfrentamiento político que vivimos, con máxima tensión, en los últimos siete años. La crisis de liderazgo que se está proyectando estos días provoca esa falta de confianza que se detecta en la ciudadanía ante la gestión pública. Ayer, en la estación barcelonesa de Sants cundía el caos mientras los empleados tramitaban anulaciones de billetes de usuarios, noqueados por el miedo.

Después del duelo se esperan muchas respuestas oficiales. Descartado el error humano y los fantasmas recurrentes del sabotaje, algo se ha avanzado. Pero resulta evidente que el Gobierno busca ganar tiempo. ¿Cuál es el plan?

La rebelión de los maquinistas que anuncian una huelga revela la acumulación del malestar después de haber constatado la desidia y abandono ante sus denuncias de las anomalías. Ellos avisaron en agosto. No les hicieron ni caso.

Que los descarrilamientos de trenes y accidentes se han disparado de una manera exponencial desde 2018 no es una opinión; es un hecho. Se va dilapidando el prestigio de la alta velocidad mientras aflora el debate sobre el trasfondo político de la tragedia. ¿Pedir responsabilidades es hacer política? Claro que no. Entre Iryo (privada) y Adif (pública) se juega la partida. Dice Feijóo que no va a llamar asesino a nadie (como hace la izquierda para señalar a dirigentes del PP como inductores de las catástrofes), pero exigirá información transparente.

Con el viento en contra, el ministro Oscar Puente ha mudado su piel: de ‘troll’ en las redes a gestor ante el foco, aunque su falta de empatía con los maquinistas quedó ayer patente al relacionar la huelga con su estado de ánimo. Él sí que hizo política cuando menospreció sus advertencias sobre el deterioro constante del servicio. Si la investigación demuestra que el accidente se produjo por el desgaste de las vías, que hubo negligencia y no se invirtió lo necesario para el mantenimiento de las infraestructuras, este Gobierno va a tener otro problema que no podrá resolver huyendo hacia adelante. ¿No habrá dimisiones?

El archivo (¡ay, el archivo!) le está recordando estos días a Oscar Puente que su homólogo en el Gobierno griego en 2023, Kostka Karamanlis, dimitió tras la colisión de dos trenes en la que hubo muertos y heridos. El dimisionario explicó que era lo menos que podía hacer para honrar la memoria de las víctimas y que asumía la responsabilidad por los «errores crónicos del Estado griego». Debería ser un ejemplo a seguir, ¿no? Pero aquí no se remojan las barbas. Aquí se aguanta en la poltrona, sentados sobre el polvorín. Ese es el plan.