GAIZKA FERNÁNDEZ SOLDEVILLA-El Correo

  • La banda dejó un legado envenenado: el discurso del odio, los ‘ongi etorris’, la manipulación de la historia, el sectarismo, el dolor de las víctimas

El 3 de mayo de 2018 ‘Josu Ternera’ y ‘Anboto’ leyeron el comunicado de despedida: «ETA surgió de este pueblo y ahora se disuelve en él». Al día siguiente bastantes muros del País Vasco y Navarra aparecieron pintados con lemas como ‘Eskerrik asko, ETA. Garaipenera arte’ (Gracias, ETA. Hasta la victoria).

Aquella escenificación trataba de disimular una verdad incómoda para la banda. Unos meses antes ETA había hecho circular entre sus simpatizantes una comunicación especial, hasta ahora inédita, sobre su autoliquidación en la que, poniendo la venda antes que la herida, hacía una advertencia: «Que nadie (…) desfigure estas decisiones o las sitúe en el esquema de ganador y perdedor». No obstante, era inevitable situarlas en tal esquema. «Comprobamos que para el Estado español la confrontación armada era llevadera y que no estaba dispuesto a negociar», se lamentaban los terroristas. «Largas décadas de confrontación armada y la represión de los últimos años provocaron en nuestra base un agotamiento político y desgaste social, pero también en la sociedad vasca».

No es el único documento interno en el que ETA confesó su fracaso. «Está claro que, a medida que el conflicto armado ha evolucionado, la eficacia de la lucha armada ha cambiado y se ha desgastado», se leía en las páginas de su último ‘Zutabe’. «Está a la vista que todavía nuestros objetivos no se han cumplido».

Después de más de 3.500 atentados, 853 asesinatos, 2.632 heridos, 86 secuestrados y un número desconocido de amenazados, exiliados y damnificados económicamente, ETA no había alcanzado su meta fundacional: transformar Euskadi en un Estado independiente, socialista y monolingüe en euskera que se anexionara Navarra y el País Vasco francés.

La democracia había prevalecido. Por un lado, era evidente que la sociedad vasca rechazaba la violencia. No solo en las encuestas: el movimiento pacifista y cívico había recuperado la calle. Por otro, la Ley de Partidos (2002) dejó fuera de las instituciones al brazo político de la banda y sus siglas herederas. En 2009 el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ratificó la ilegalización de Batasuna. Aquel escenario facilitó el crecimiento de Aralar, un partido independentista que condenaba el terrorismo, lo que alarmó a la izquierda abertzale ortodoxa. Por añadidura, la eficaz actuación policial a ambos lados de la frontera fue desmantelando los comandos, los aparatos y las cúpulas de ETA, lo que dejó a la organización inoperante, falta de ‘santuario’, sin líderes experimentados y con disidencias internas.

Su dirección constataba en 2004 «una preocupación generalizada entre los militantes debido a la falta de ekintzas». De acuerdo con un informe de Florencio Domínguez, de 2000 a 2011 fueron arrestados 1.415 presuntos miembros o colaboradores de ETA. Entre 1999 y 2011 las FSE se incautaron de 1.545 armas de fuego, 811 granadas y 23.881 kilogramos de explosivo.

La relación entre la banda y su anteriormente servil entorno se fue tensando hasta que estalló la crisis. Si bien la organización seguía apostando por la violencia, el sector mayoritario del nacionalismo radical deseaba volver a la arena pública. ETA intentó paralizar el debate sobre su continuidad con un atentado en las torres Kio de Madrid en enero de 2010, pero fue frustrado por la Guardia Civil. Tras aquel fiasco, los terroristas entraron en un ‘parón técnico’. En ese contexto hay que entender las declaraciones que el líder abertzale Tasio Erkizia realizó en junio de aquel mismo año: «Hay más razones que nunca para la lucha armada, pero menos condiciones objetivas y subjetivas». ETA no podía más. En octubre de 2011 anunció el «cese definitivo» de su «actividad armada».

Desde aquel momento, la banda y sus satélites intentaron edulcorar su derrota presentándola como una decisión unilateral. De ahí que en abril de 2017 orquestaran la «entrega» de unas pocas armas. En su comunicación especial, ETA se congratulaba de que así «ganó el relato del desarme, alejándose del esquema de vencidos y vencedores y ganando la batalla de la voluntad». Sin embargo, aquella pantomima no engañó a nadie que no quisiera ser engañado: el desarme de la banda ya lo habían llevado a cabo las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Al año siguiente lo que quedaba de ETA se fue por el sumidero de la historia. Excepto un puñado de nostálgicos, nadie la echa de menos. Ahora bien, nos dejó un legado envenenado: el discurso del odio, los ‘ongi etorris’, la exaltación de los terroristas, la manipulación de la historia, el olvido, el sectarismo, el miedo a hablar de política, la presión contra los miembros de las FSE y sus familias, los transterrados y el dolor de las víctimas. Es un reto difícil, pero debemos afrontarlo.