Ignacio Marco-Gardoqui-El Correo

  • Ahora dice que necesita Groenlandia para garantizar su seguridad y amenaza con usar la fuerza que utilizó en el pasado para defender a las democracias europeas

El presidente Donald Trump es un fantoche. Un chulo de barrio con el poder que no le dan ni su inteligencia ni su perspicacia, sino el hecho de ser un matón de pueblo provisto de armas nucleares. Es el Comandante en jefe del mayor y mejor ejército del mundo, que le obedece con una disciplina que ya le hubiese gustado a Nicolás Maduro. Por eso, y solo por eso, hay que soportarle y reírle las gracias. Disfruta amenazando a los amigos y le encanta insultar a los enemigos, que son todos los que no halagan su ego desmesurado, le bailan el agua y le ríen sus habitualmente estúpidas gracias.

Su discurso de esta semana, pronunciado en Davos, debería enseñarse en las escuelas de primaria como un ejemplo de mala educación y de comportamiento inadecuado para alguien que, sin tener más motivos que su fuerza, se ha convertido en líder mundial. Ya es mala suerte, que alguien dotado de tan escasa talla moral, dirija el mundo.

Hace y deshace organismos multilaterales. Lo mismo desprecia a la ONU que está a punto de acabar con la OTAN, mientras airea un Pacto por la Paz en Gaza, que además pretende extrapolar a otros conflictos y que cuenta ya -no lo desprecien- con mas de 50 adhesiones entusiastas de otros tantos países.

También se ha especializado en la utilización masiva de las medidas comerciales que utiliza como armas de destrucción masiva del orden comercial mundial y maneja los aranceles con la frivolidad propia de un orate y la desvergüenza típica de los ignorantes. Ni la actual OMC (la Organización Mundial del Comercio) ni su antecesor el GATT (General Agreement on Tariffs and Trade) fueron acordadas para cosas así. Ambas trataron y tratan de ordenar el comercio mundial. Prohibieron los abusos de posiciones dominantes, vigilaron la correcta expresión de las estructuras de costes y la formulación ordenada de las cargas fiscales y también modularon los elementos de protección mutua.

Pero no responden a posturas caprichosas, ni a conveniencias unilaterales. Trump los pone y los retira sin orden ni concierto. Se mueve por impulsos momentáneos. Busca asustar… y asusta de verdad. ¡Vaya que si asusta! Ahí tiene a la UE arrastrando los pies, temblando de miedo y llorando su impotencia, incapaz de plantar cara al desafío y tras haber subcontratado su defensa de manera desaprensiva durante tantos años.

El premier de Canadá dio la alerta: ‘Si no estas en la mesa, estas en el menú’, mientras que la presidenta Von der Leyen seguía tocando la lira. Ahora Trump se ha entretenido con su súbita querencia groenlandesa. Dice que necesita la isla para garantizar la seguridad de su país y amenaza con utilizar su endiablada fuerza si se lo impiden. Una fuerza que, hay que reconocerlo, usó en el pasado de manera generosa y desinteresada en diversas ocasiones para defender a las democracias europeas.

Ahora, décadas después, pretende cobrarse la ayuda. Pero para eso no necesita castigar a nadie ni imponer nada. Solo necesita implantar elementos de detección y armas de disuasión. Y todo eso lo puede conseguir de formar pacífica, porque sería bueno para todos. No necesita invadir a nadie, sino explicárselo bien a los demás.

¿Estaría dispuesto a acabar con la OTAN atacando a fuerzas de la Alianza presentes en la isla? No creo que llegase tan lejos, pero con Trump es muy fácil equivocarse. Ni él sabe que va a hacer mañana. Seguro que será sorprendente, seguro que será inquietante. Seguro que será peligroso. ¿Será también doloroso?