Editorial-El Correo
- El presidente parece acorralado por su propio ultimátum a Irán mientras éxitos como el rescate de los pilotos no ocultan el fracaso estratégico
Donald Trump rompió ayer cuatro días de reconfortante silencio. El derribo del F-15 sobre territorio iraní y la urgencia de rescatar a los dos tripulantes impusieron ese periodo de sensatez. Pero la recuperación de los aviadores, a un coste multimillonario en pérdida de material militar, animó al presidente de Estados Unidos a incidir en el error que caracteriza las cinco semanas transcurridas desde que, junto a Israel, resolvió atacar a Irán sin provocación previa: pretender que los éxitos operativos pueden ocultar el fracaso estratégico.
En plena cuenta atrás del ultimátum a los ayatolás, pospuesto en varias ocasiones -la última ayer mismo- y que debería vencer mañana, el republicano se asomó a su red social con un mensaje desconcertante. Por la grave amenaza de atacar las plantas eléctricas y los puentes del país, ya lanzada con anterioridad y ejecutada en parte. Y por emitirla con un lenguaje grosero y expresiones ofensivas para los musulmanes. Por más que su círculo de aduladores le pueda trasladar que destruir infraestructuras civiles induciría movilizaciones contra Teherán, anunciar públicamente tales propósitos equivale a reconocer la intención de cometer posibles crímenes de guerra según la Convención de Ginebra. Y, en Domingo de Pascua, burlarse de la segunda religión con más fieles en el mundo revela falta de moderación en el desempeño de tan alto cargo, cuando no un juicio desorientado si es que a la vez pretende, como también declaró ayer, alcanzar un acuerdo con Irán antes de la apertura hoy del mercado estadounidense.
Un presidente fuera de control, que parece acorralado por su propio ultimátum, afronta por primera vez una campaña más dura y prolongada de lo que pudo prever. Y se muestra incapaz de lograr los que pueden ser sus objetivos reales: un régimen dócil, que no es tal ni a fuerza de sucesivos asesinatos de sus líderes, y la eliminación de un programa nuclear que a los nuevos y radicalizados dirigentes puede resultarles ahora más atractivo que nunca.
Los bombardeos continuos de EE UU e Israel han degradado la capacidad operativa de Irán. Pero Teherán conserva el control de su arma más poderosa, el bloqueo del estrecho de Ormuz. Y la opción de responder a la redoblada destrucción que pueda decidir finalmente Trump con represalias en los países del Golfo y multiplicar así el ‘shock’ energético que ya se extiende por las economías de todo el mundo.