Editorial-El Debate

  • Desencadena en su primer año de mandato una beligerancia sin precedentes en la relación de EE UU con otros países, incluidos los aliados europeos, hasta dar alas al expansionismo de autocracias rivales como Rusia y China

La primera conclusión que se puede extraer del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca es que el mundo ha cambiado radicalmente a peor, asomado a un vértigo de peligrosas consecuencias para la estabilidad internacional, al cumplirse un año de su mandato como presidente de Estados Unidos. El paradigma del diálogo y el respeto que regían el orden mundial, a pesar de sus guerras y crisis cíclicas, ha saltado por los aires. Sin las ataduras de su primera presidencia, Trump ha desencadenado en estos últimos doce meses una beligerancia brutal en la relación con otros países, impropia de la historia de libertades de EE UU y de su función de contrapeso frente a las amenazas. En su reválida, ha impuesto la ley del más fuerte por encima de convenciones ampliamente asentadas en la negociación, de las reglas de convivencia de la democracia, tanto dentro como fuera de sus fronteras, y de los límites que todo gobernante influyente como él debería asumir en favor del sentido común y la diplomacia. La creciente inestabilidad económica y hostilidad hacia otros gobiernos, incluidos sus aliados europeos históricos, es el rastro más palpable del trumpismo.

Pero esta forma de hacer política, basada en la intimidación y tutelas de un pasado tiránico que se creía superado en el mundo civilizado, tiene el pernicioso efecto de dar alas a las autocracias que pugnan con EE UU por el liderazgo del planeta. La intervención militar en Venezuela para controlar su petróleo y el descaro con el que el magnate insiste en conquistar los recursos naturales de Groenlandia, en un abordaje que dinamitaría la OTAN y pondría a Occidente al borde del abismo, refuerzan el relato expansionista de Rusia y China. Y con todo ello, se agrava la inseguridad para Europa. De poco sirve contentarse con que Trump es su peor fake. Tras alimentar la idea de que iba a ponerse de perfil ante los conflictos que agitan el mundo, concentrado en el lema ‘Make America Great Again’ para resolver los desatinos propios en su país, ha sorprendido en este segundo mandato el interés con el que pretende ‘hacer una América más grande’ lejos de la Casa Blanca. Ha puesto sus miras en México, Canadá, Venezuela, Irán y ahora Groenlandia en busca de ventajas económicas y comerciales con la excusa de fortalecer la posición geopolítica de EE UU.

Su estrategia de presión a golpe de arancel se ha saldado con un cierto fracaso al estar al albur de los tribunales que aún le mantienen el pulso y de la resistencia de China, capaz de aguantar el órdago con una réplica arancelaria casi de mayor enjundia. En su lugar, el magnate ha sustituido el embate comercial por una estrategia más arriesgada para los equilibrios internacionales como es el uso de la fuerza, incluso para forzar la paz. Lo ha intentado en Gaza, con una tregua frágil que ponga fin a una masacre que suma más de 70.000 fallecidos a manos del ejército de Israel, y con escasos resultados en Ucrania, camino de su cuarto año de agónica supervivencia a la invasión rusa.

El mundo ha entrado con él y sus temerarios asesores en una escalada bélica sin precedentes, con Groenlandia como ejemplo más delirante. Las ansias de EE UU por hacerse con el control de la isla, sea en una compra o en una conquista militar, sitúa a la OTAN en el disparadero al detonar la convivencia con los socios europeos a los que ningunea. La decisión de países como Francia, Alemania y, posiblemente, España de desplegar tropas en el Ártico, aunque sea de forma simbólica, constituye la primera maniobra de Europa para plantarse ante los abusos de Trump, con el riesgo de que éste pueda tomárselo a la tremenda como si fuera una ‘declaración de guerra’. Groenlandia pone a prueba en este arranque de 2026 la capacidad del Derecho internacional frente a la fuerza bruta.