José Ignacio Calleja-El Correo

  • Estados Unidos se resiste a administrar su decadencia

Nada es lo que parece’ debería titularse lo que estamos viviendo en la revuelta venezolana del presidente Trump. Ni siquiera podemos decir con detalle lo que ha pasado. Pensábamos que la cosa iba de democracia y va de petróleo; creíamos que iba de petróleo para contento de las multinacionales que rodean a Trump y va tanto o más de impedir que lo consuman sus adversarios; que era contra el régimen de Maduro y es más contra la posibilidad de que un país del área, Venezuela o cualquier otro, quede a su aire para negociar.

Creímos que la Rusia de Putin buscaba la paz en Alaska con Trump y parece que la cosa fue de repartirse los espacios de influencia: ‘aquí mando yo’ y en Ucrania, tú; arréglate con Europa, que tampoco te lo puede poner tan difícil. Pensábamos que el asalto a Venezuela era contra la matriz cubana del régimen chavista y solo se trata de suavizarlo; también le vale a Trump si le garantiza que la situación política no se va a complicar. Imaginábamos que el asalto al refugio de Maduro era imposible y se extiende que su entrega podía estar pactada; decían que había sido una acción limpia y hablan de cuarenta muertos, primero, y más de cien después; imaginábamos que los cubanos de la guardia de Maduro lo protegían y ya no está claro si lo vigilaban contra Trump o de sus adversarios en Venezuela.

Se creyó que Trump disfrutaba de total apoyo por la facilidad casi mágica con que logra sus objetivos y, a la vez, se filtra su preocupación por los papeles de Jeffrey Epstein. Parecía que Maduro no tendría ninguna oportunidad jurídica en Nueva York y ahora gana enteros que su defensa no es tan complicada. Nada es lo que parece, y no puede serlo desde el momento en que el propósito de fondo es el mismo que en Ucrania: distintos modos de asegurarse la condición de potencia que reclama reinar en su espacio de influencia y gestionar sus bienes.

Nada es lo que parece, pero debemos preguntarnos. Qué hacen las potencias cuando llega su declive, ¿revolverse buscando una salida alternativa o administrar sin más la decadencia? Ahora no hablo moralmente, qué deben hacer, sino qué han hecho. No tengo una palabra de maestro en el tema; me arriesgo con una opinión referida a este momento y caso; creo que la ‘América’ de Trump se resiste a administrar su decadencia; para evitarlo, planifican cómo ‘hacer grande a EE UU de nuevo’ y aceptan que esto no es posible en solitario, pero sí regionalmente. Divide y vencerás. Claro que una cosa es lo que piensan y otra lo que permitan los tiempos.

De momento, no les va mal, el camino es tan espectacular como fantoche; hacia dentro, perverso con los más débiles, y hacia fuera, tirano según sus intereses más rastreros. No sé si la economía del país -en particular la deuda y el dólar- va a poder aguantar la incertidumbre comercial a que Trump la somete. Lo inmediato es asentar ese reparto de las áreas de influencia y el dominio en la propia y, bajo su vigilancia, las demás. (Veremos si Europa puede constituir otro polo, no lo parece, pero la historia da muchas vueltas y pueden aparecer nuevos modos y sujetos, o lo deseo).

No estoy en condiciones de proseguir este camino de análisis social y sumergirlo en las aguas de su enésima revolución tecnológica. Más cerca me cae lo que deberíamos guardar por valor más valioso en todo este proceso que, nos guste o no, vamos a recorrer. No debería primar el lamento victimista que se extiende en las clases populares, nosotros, cuando los tiempos reclaman concentrarse en qué responsabilidad vamos a asumir. El ambiente está plagado de quejas y enfados contra los otros, los que dominan el mundo, y es lógico, pero esto no deja de ser una forma de vivir sometidos a una abstracción hecha carne en nuestra mente.

Toda la gente que rodea a Trump, como votantes y, sobre todo, como sujetos activos del ideario, están ahí y van a seguir estando. Si el sistema de derecho internacional no funciona, hay que volver a intentarlo de otro modo, pero la mediación acordada de estrategias de presión social activa vuelve a ser una necesidad insuperable. Una paz desarmada y desarmante reclama sujetos sociales con capacidad de compartir sacrificios en lo propio, para componer una salida con todos los más necesitados de cualquier lugar. Porque los pueblos se dice que son únicos, pero la verdad es que, como responsables de la justicia social y la paz, no lo son.

Francisco decía que la paz siempre puede prevalecer sobre el conflicto absoluto, que nadie lo pensara insuperable sin la guerra. La historia siempre nos lleva a ese límite; debemos vivirlo con la idea de que no es insuperable. Aceptar que requiere sacrificios solidarios de muchos con muchos, los más posibles, es una necesidad de la justicia social. Veremos.