Editorial-El Correo

  • El presidente de EE UU se muestra consciente del obstáculo que supone Israel para su compromiso con una salida negociada a la guerra con Irán

Lo más relevante de la áspera conversación mantenida la tarde del lunes entre Donald Trump y Benjamín Netanyahu es el momento en que se produce. El estrecho de Ormuz, por el que antes del 28 de febrero transitaba el 20% del comercio mundial de hidrocarburos, lleva más de noventa días sometido a la voluntad de Irán, que pronto descubrió la ventaja que le proporcionaba la guerra lanzada por Estados Unidos e Israel sin agresión previa. Más de 1.500 cargueros y unos 20.000 tripulantes siguen atrapados en la zona, y las alternativas dispuestas tanto por los países productores de crudo, gas y fertilizantes como por los grandes destinatarios del suministro del golfo Pérsico -consumo de reservas, rutas terrestres, nuevos proveedores mucho más caros- más pronto que tarde se verán incapaces de atender la demanda. Reabrir Ormuz es prioritario para el mundo y el principal objetivo de las interminables negociaciones que mantienen estadounidenses e iraníes para salir del atolladero.

El alto el fuego, que se considera vigente pese a sobresaltos casi diarios en el Golfo, concede a Teherán todo el tiempo que precisa para poner a prueba la acreditada impaciencia de la Casa Blanca. Trump creía tener casi cerrado un marco de entendimiento cuando Irán filtró los términos. El horizonte de ver acabada oficialmente la contienda, levantar en un mes el cierre de Ormuz y el bloqueo estadounidense, para luego empezar a negociar lo demás -que es mucho- en absoluto se percibe como una victoria y la decepción general llevó al republicano a anunciar decisiones incomprensibles. Quiso obligar a los países árabes a someterse a Israel en el marco de los Acuerdos de Abraham, para, quizá, contener a un Netanyahu que aprovechaba el estancamiento para avanzar en su ofensiva libanesa. Cuando el borrador filtrado dejaba claro que, para Irán, la guerra debía cesar también en Líbano.

El lunes Israel puso en la mira los suburbios chiíes de Beirut, feudo de Hezbolá. Irán declaró suspendido el diálogo y Trump cogió el teléfono. Creyó necesario trasladar a los mercados que sigue comprometido con la salida negociada. Su conversación con el ‘premier’ israelí, lo confirmado y lo que parece muy verosímil, retrata a un presidente débil, intranquilo por el obstáculo que supone su gran aliado en Oriente Medio y que aspira a salvar la cara ante el descontento de sus conciudadanos, opuestos en su mayoría a la guerra porque la padecen en sus bolsillos.