Editorial-El Correo
- Para salir de la guerra, EE UU cede a las exigencias de alivio económico del régimen iraní mediante un compromiso al que Israel no se siente vinculado
Durante los más de tres meses de guerra abierta de Estados Unidos e Israel contra Irán, Donald Trump declaró una y otra vez que solo aceptaría la «capitulación absoluta» del régimen de los ayatolás. Ahora, el compromiso preliminar que detiene el conflicto supone la rendición del presidente estadounidense. Fascinado por el palacio de Versalles, el inquilino de la Casa Blanca adelantó la firma oficial del acuerdo prevista para hoy en Suiza, ignorante del simbolismo del escenario: la humillación de Alemania al final de la Primera Guerra Mundial. Resulta inevitable pensar en una sutil venganza de Emmanuel Macron por una aventura en Oriente Medio para la que Europa ni siquiera fue consultada y que está pagando en forma de inseguridad energética e inflación.
Sería exagerado concluir que nada positivo extrae EE UU del acuerdo. Consigue salir de un conflicto en el que se embarcó de la mano de Benjamin Netanyahu, sin agresión previa, y en el que fracasó a la hora de convertir los triunfos tácticos en éxito estratégico. Las consecuencias económicas del cierre de Ormuz estuvieron claras desde el principio, aunque Trump haya sido el último en reparar en el riesgo de una recesión y ahora quiera presentarse como salvador. La campaña militar, además, se libró con los estadounidense en contra, a solo unos meses de las elecciones legislativas. El mandatario todavía está a tiempo de mejorar las expectativas de sus candidatos y de acallar al sector del Partido Republicano que le critica, no por desatar la guerra sino por el desventajoso final.
El régimen iraní gana porque sigue vivo. Renuncia, otra vez, a conseguir el arma nuclear a cambio de obtener el alivio a su desesperada situación económica por la reanudación de la exportación de crudo, la desaparición de las sanciones internacionales -también las impuestas por reprimir a sus ciudadanos- y un fondo de reconstrucción que habrá que ver quién paga.
El ataque ayer en Líbano con tres muertos confirma que Israel no se siente vinculado por una entendimiento que respalda toda la comunidad internacional. Netanyahu, indispuesto con la Casa Blanca, parece decidido a prolongar el desastre que arrancó con su manejo vengativo del 7-O. En una región que demanda estabilidad, el primer ministro buscará la reelección cuando reemplazarlo se ha convertido en una necesidad de seguridad para su país. Después llegará el momento de que rinda cuentas.