Iñaki Ezkerra-El Correo
- El presidente busca paralizar a su país y al mundo, que no distingan lo grave de lo banal
Amagó durante su primer mandato con guerras -Corea del Norte, Siria, Rusia… -que se quedaron en agua de borrajas. Hasta el punto de que hubo quien urdió la tesis de que Trump era el presidente más pacífico de la Historia de Estados Unidos. Pero, si eran unas guerras ‘fake’ las que declaró entre el 2017 y el 2021, es inevitable la sospecha de que sea una paz ‘fake’ la que nos esté intentando vender durante este segundo mandato. Si en septiembre del 2017 desafió al presidente norcoreano Kim en la Asamblea General de la ONU y nueve meses después estrechó su mano efusivamente en la cumbre de Singapur, ahora ha vuelto a hacer otro tanto con Putin y con Zelenski. Tan pronto los abraza como los abronca. Y vuelve a hacer lo mismo con el régimen venezolano. Tan pronto envía al Caribe una flota armada hasta los dientes en un despliegue militar que bautizó como ‘Operación Resolución Absoluta’ como esta empieza a hacerse menos absoluta y resolutiva, o sea, a relativizarse y a ceder ante los encantos bolivarianos de Delcy Rodríguez.
En realidad Maduro no ha sido capturado ni detenido. Ha sido abducido por la elefantiásica trompa del trumpismo, que es otra cosa. Es una cosa rara que no tiene nada que ver con la justicia ni con la democracia sino con la política-espectáculo; con un número de prestidigitación publicitaria en el que Trump se ha travestido en una estridente mezcla del Joker de ‘Batman’ y el Mago de Oz. La misma rueda de prensa que dio tras el ‘rapto fue más inquietante que esperanzadora. Su discurso era el de un niño deslumbrado de sí mismo. «Lo que he hecho ha sido increíble», repetía obsesivamente. Y tanto que increíble. Como que no se sabe adónde se ha llevado a Maduro, si al banquillo judicial o a la tierra de Oz, de fantasía y de ilusión. En estos momentos, uno ya duda de si está siendo interrogado por un juez federal o por el Hombre de Hojalata, como Dorothy Gale, la niña a la que un tornado arrancaba del suelo de Kansas en la novela de L. Frank Baum.
Con la guerras de Venezuela, Ucrania, Gaza y ahora Irán, Trump somete a su país y al mundo a una genuina táctica populista: a una acelerada e imparable serie de sobresaltos que persiguen un efecto narcótico, un estado de ataraxia en el receptor, que, aturdido y exhausto por las noticias alarmantes e insólitas, ya no es capaz de distinguir lo grave de lo banal y queda paralizado por su propio desconcierto. Su táctica es la misma que la de Sánchez, pero manejando otras magnitudes propias de la gran potencia que tiene en sus manos y buscando unos resultados opuestos. Sánchez se tiene que conformar con entregar el Sáhara mientras Trump va a por Groenladia. Uno regala lo que es de los españoles y otro roba para los americanos. Todavía hay clases