Isaac Blasco-Vozpópuli
- La valoración de Felipe VI sobre los claroscuros de la Conquista certifica que el monarca conoce muy bien la sensibilidad iberoamericana
Haga lo que haga, diga lo que diga, Felipe VI asoma en la escenografía del sanchismo como una figura seguidista y dócil, al servicio del interés de quienes, desde hace años, pretenden socavar el pilar esencial del Estado, que es la Corona, para acabar luego con el Estado mismo tal como aún lo conocemos. A uno y otro extremo.
Es muy probable también que el monarca, sin duda el más preparado entre los representantes institucionales de la generación dirigente peor preparada desde la restauración democrática, se lamente en privado de cómo se le instrumentaliza, sabedor de que sus enemigos se aprovechan de que los diques institucionales inherentes a su condición le impiden salirse del guión. Consciente, también, de que el relato elaborado para suplantar la realidad puede llegar incluso a colarse por las ventanas de La Zarzuela, y arrastrar en la estrategia hasta a aquellos que supuestamente están para ayudarle a uno.
En apariencia, nuestro Rey ha sufrido un proceso de domesticación que se puso singularmente evidencia durante la pandemia, cuando el presidente del Gobierno, que lo querría ser de la III República, decidió ocupar todo el espacio público para fustigar a unos acongojados españoles con unas salmodias definidas por el sopor y el argumento hueco.
Fue entonces cuando nuestro Azaña redivivo optó por que al Jefe del Estado, junto a la Reina Letizia, se les relegara a transmitir de vez en cuando ánimos por zoom a los sanitarios que se dejaban la vida en su combate contra el Covid-19. Sobre esto, se puede revisar cómo los informativos de la tele pública ‘promediaban’ de esta guisa el minutaje que dedicaban a uno y los otros: un total de unos 30 segundos a la actividad de los monarcas y el resto del telediario a las homilías del presidente, a veces combinadas con las chorradas del inefable Fernando Simón.
El próximo gran envite electoral obligará a los electores a elegir entre ruptura o reforma, lo que equivale a decir que los españoles tendrán que optar entre el despeñadero representativo que padecemos desde 2018 o la recuperación de los valores politicos que hicieron posible el pacto de la Transición
La infumable campaña contra Felipe VI activada a partir de aquel momento tan delicado es la pura constatación de que la pinza política constituye un inveterado clásico en España. El próximo gran envite electoral obligará a los electores a elegir entre ruptura o reforma, lo que equivale a decir que los españoles tendrán que optar entre el despeñadero representativo que padecemos desde 2018 o la recuperación de los valores politicos que hicieron posible el pacto de la Transición, en el que nadie quedó al margen.
La valoración del Rey sobre los claroscuros de la Conquista certifica varias cosas, entre ellas que el monarca conoce muy bien la sensibilidad iberoamericana tras haberse esforzado durante décadas en comprenderla. Tanbién, que la presidenta de México es una populista de manual. Claudia Sheinbaum Pardo (sí, Pardo), debería leer el libro de Ramón J. Sender titulado ‘Túpac Amaru’. Si Sender hubiera nacido en Estados Unidos sería más reconocido que Hemingway. Pero era de Huesca y, sobre todo, de una independencia insobornable. Exiliado a causa de la Guerra Civil, entre otros destinos acabó como profesor en EEUU. La ‘ofendida’ Sheinbaum debería conocer al menos el pasaje introductorio de esa novela, publicada en 1973, sobre el caudillo inca, que lo mismo da:
Un día estaba en mi clase como profesor de UCLA (University of California in Losngeles) hablando no recuerdo de qué, cuando una estudiante mejicana mestiza y bastante bien parecida alzó la voz y con los ojos iracundos dijo sin venir a cuento:
—Ustedes los españoles explotaron a los indios e hicieron con ellos toda clase deatrocidades.
Yo le dije:
—Señorita, no fuimos nosotros sino ustedes.
—¿Cómo?
—Mis parientes y los amigos de mi familia estaban en su aldea trabajando sencilla y honradamente. Fueron los antepasados de usted los que hicieron todas esas tropelías.
La palabras de Don Felipe en el Museo Arqueológico Nacional sobre los “abusos” que conllevó la Conquista de América han enconado a una derecha neojoseantoniana para quien la Monarquía supone su gran anatema, muy por delante de los actuales epígonos de la FAI, del PCE y de las checas. Pero sobre todo han sido tergiversadas por esta izquierda amoral que no renuncia a pasar de pantalla para subvertir el orden constitucional y lograr esa España a su medida por la que vienen suspirando desde el 1 de junio de 2018. Así nos quieren algunos: o todos carlistas o todos republicanos.