Amaia Fano-El Correo

Hay momentos en la política en los que la liturgia se agota y solo queda la verdad desnuda. El próximo viernes, la Comisión Mixta de Transferencias no será un trámite más en el calendario institucional: será la hora de esa verdad. Para el PNV, pero sobre todo para Pedro Sánchez. Porque cuando los compromisos se eternizan, las excusas se repiten y los acuerdos firmados se convierten en promesas aplazadas ‘ad infinitum’, la paciencia se agota. Y me refiero a la del militante, el simpatizante y el votante jeltzale, que es quien acabará pasando factura por los incumplimientos a su sigla de confianza.

Sabin Etxea ha hablado claro. No con aspavientos ni con amenazas, sino con algo mucho más inquietante en política: la constatación de que la relación puede «cambiar de naturaleza». Cuando Aitor Esteban afirma que «nada será igual» si no se cierran los cinco traspasos acordados, no está dramatizando; está marcando un punto de inflexión. Prestaciones, Salvamento Marítimo, Seguridad Social… forman parte de un paquete negociado, cerrado y calendarizado desde hace meses. Que ahora se «reabran carpetas» ya pactadas no es un problema técnico ni administrativo; es un síntoma de una falta de voluntad política que hace tiempo que viene siendo estructural.

El PNV no es un socio cualquiera. No opera desde la épica ni desde el ruido. Por eso, cuando eleva el tono, conviene prestar atención. Su advertencia no va dirigida a la galería, sino al corazón de la gobernabilidad de España. Y el mensaje es simple: si el Estado no cumple, su apoyo no puede darse por descontado. No como castigo, sino como consecuencia lógica ante la constatación de que lo que sigue incomodando en Madrid es el autogobierno.

No es casual que sea en las materias «más sensibles» donde «se ha atascado» la materialización de lo previamente acordado. El problema no es la complejidad jurídica; es la resistencia política para avanzar en un modelo territorial que se proclama plural, pero se sigue administrando con reflejos centralistas. Y para eso da igual que gobierne Sánchez o lo haga Núñez Feijoo.

Pedro Sánchez gobierna hoy con una mayoría casi siempre impracticable. Junts y Podemos ya no están donde estaban y cada voto cuenta. En ese contexto, tensar la relación con los jeltzales no es solo un error político: puede ser una imprudencia estratégica para un presidente que dice querer seguir en el poder (a poder ser a perpetuidad). No habrá apoyo expreso del PNV a moción de censura con Vox, pero sí puede haber algo igual de letal para el Ejecutivo: parálisis, bloqueo y desgaste. Eso sería lo esperable y, a estas alturas, ya no se entendería que no fuera así. Pese a que el PSE de Andueza siga administrando la advertencia velada de que una ruptura entre Moncloa y Sabin Etxea tendría «efectos indeseables» en la estabilidad institucional vasca. Ni el optimismo ni las buenas intenciones transfieren competencias. Se necesita pasar de las palabras a los hechos.

El viernes no se decidirá solo un acuerdo técnico. Será la constatación de si la palabra de Sánchez vale todavía algo o si los compromisos firmados por éste son –como todo parece indicar y, por otro lado, era fácil de predecir– meros instrumentos tácticos.

Y se evidenciará, también, si el PNV está dispuesto a seguir sosteniendo una relación basada en una confianza traicionada o si, como ha dejado caer Esteban, se atreverá finalmente a «adoptar las posturas que tenga que adoptar». Sin gestos teatrales. No los necesita. A veces el verdadero aviso no es el portazo estruendoso, sino el silencio que sigue a una promesa incumplida. Y ese silencio, con la actual aritmética del Congreso de los Diputados, podría ser definitivo.