FERNANDO VALLESPÍN-EL PAÍS

  • A la sempiterna crisis de la socialdemocracia se une ahora el desconcierto discursivo del bando conservador, cada vez más propenso a caer en veleidades populistas
Liz Truss ha durado seis semanas, seis. El Reino Unido va capeando su etapa post Brexit con un partido conservador desorientado cuya cúpula se complace en ir sacrificando primeros ministros para aplacar sus frustraciones. Aunque en este caso no se sabe bien quién la defenestró, si fue el partido o los mercados. Maravillosa incongruencia, una fanática thatcheriana liquidada por aquellos a los que decía servir. Crucemos ahora el canal. En Alemania nos encontramos con una curiosa tricefalia donde el embrujo inicial de Scholz se desvanece y apenas consigue coordinar un Gobierno polífono al que la crisis de Ucrania le ha cambiado radicalmente el paso. En la Italia posfascista, uno de los potenciales apoyos de Meloni, el inefable Berlusconi, se encarga de piropear a Putin y acusa a Zelenski de haber llevado a su país a la guerra. Francia renquea con un presidente al que hacen la pinza populistas de derechas y de izquierdas y se le sublevan los sindicatos al anunciarse los primeros sacrificios. Y en España, una parte del Gobierno se posiciona contra todo aumento del gasto militar y está todavía por condenar la agresión de Putin.

Se supone que con estos mimbres hemos de enfrentar a la que quizá sea la mayor crisis —en todas sus dimensiones— desde la II Guerra Mundial. Si el objetivo es salir de ella con una nueva Europa y un Occidente fortalecido, los augurios no pueden ser muy favorables. Ya sabemos también cuál es la situación al otro lado del Atlántico, con una fractura política radical que escinde al país en dos partes irreconciliables. Por no hablar de las peculiaridades del bloque de Visegrado y los bálticos. Y, ojo, el problema no solo es de ausencia de liderazgo, también de ideologías políticas vertebradoras. A la sempiterna crisis de la socialdemocracia se une ahora el desconcierto discursivo del bando conservador, cada vez más propenso a caer en veleidades populistas. Huérfanos de liderazgos y visiones (por cierto, algo que siempre suele ir unido). Así estamos.

Con todo, si se observan las imágenes del Congreso del Partido Comunista chino y su entronización de Xi Jinping, con esa estética geométrica tan norcoreana de sumisión al líder, o si pensamos en la estructura de poder de Rusia, la cosa cambia. Podremos estar fracturados, dubitativos, renqueantes o lo que ustedes quieran, aun así esto no deja de ser el producto de nuestro bendito pluralismo y del ejercicio de la libertad. Será más o menos conveniente para la gobernabilidad o la eficiencia económica, pero lo que importa a la postre es que nuestras democracias sean resilientes. Ahí, en sus principios, es donde está el cemento que nos une. Si eso se disuelve es cuando tendremos el problema de verdad.