Carlos Herrera-ABC
- Debe decidir en pocas horas sobre Irán, Groenlandia y Venezuela
Convengamos que si estuviéramos un día completo en la cabeza de Donald Trump, desde que se lava los dientes hasta que besa la frente de Melania, no nos cabría aburrimiento alguno. Durante las horas que pase despierto tiene que ocuparse de Irán, Venezuela y Groenlandia, a parte de los asuntos domésticos, que siendo Estados Unidos lo grande que es no deben ser menudos. Debe decidir si ataca a Irán con sus propias armas, si ocupa por las bravas Groenlandia y qué hace con María Corina y con la encantadora Delcy que tan solícita ha resultado ser. Nada, decisiones como las de usted o las mías. Decisiones que deben ser, además, rápidas, aunque estratégicamente calibradas. Los tres escenarios son distintos pero comparten el pulso entre el poder estadounidense y la fragilidad del orden internacional. En el caso venezolano, apostar por una negociación controlada y mostrar eficacia hemisférica sin repetir el error de los cambios de régimen del pasado. En el Ártico, lo que comenzó como una idea excéntrica –comprar la megaisla– se ha transformado en un punto crítico de la seguridad global: quiere controlar las rutas árticas emergentes abiertas por el deshielo, eliminar competencia sistémica –una Groenlandia independiente con financiación china sería devastador para la OTAN–, y apuntalar la defensa occidental mediante la base de Pittufick. En Irán, qué decir. Nos equivocamos cuando hablamos de teocracia: Irán es una dictadura militar-religiosa revestida de legitimidad revolucionaria. Para Trump, el reto no es solo contener el programa nuclear sino desmontar la financiación que Teherán proyecta en el Líbano, Siria, Yemen e Irak. Las sanciones deberán ser selectivas para no asfixiar a la sociedad civil, debe conseguir aislar diplomáticamente al régimen y garantizar el flujo energético mediante el control del Golfo. Para ello se ve ante un dilema moral y estratégico evidente: enfrentarse a unos tipos brutales sin caer en nuevas guerras infinitas. Este nuevo episodio de protestas no puede compararse a los anteriores: la cifra de muertos oscila entre los 12.000 y los 20.000. Un ataque estadounidense ¿es contemplable? Volvemos a la cabeza de Trump: ¿qué consecuencia tendría un ataque como el avisado mediante la frase «la ayuda está en camino»? Tal vez una vuelta de tuerca en la represión o tal vez –si las acciones son inteligentemente quirúrgicas– la muerte del régimen. Para ello las actuaciones han de ser muy selectivas, con la idea de que esa oligarquía del terror perezca en el agujero negro de la historia. En el plazo de esas horas despiertas DT debe decidir –decisión suya, lo demás son excelentes analistas y jefes militares que le asesoran, pero la decisión la toma él– si lanzar un ataque contra los líderes de Irán, la Guardia Revolucionaria, alguna que otra milicia y algún que otro ministerio y vigilar que después no se cree ningún vacío de poder, al igual que se ha hecho en Venezuela después de la «extracción» de Maduro. Mas bien parece un ejercicio de platos chinos. Mover todo y que nada caiga. Y me agobio yo por decidir si como carne o pescado.