Ignacio Camacho-ABC
- La figura de Puente explicando el desastre ferroviario proyecta la sombra de Acebes en aquellos trágicos días de marzo
Cada vez que Óscar Puente comparecía esta semana para explicar el accidente ferroviario, su imagen proyectaba la sombra de Ángel Acebes en los días posteriores al once de marzo de 2004, cuando el entonces titular de Interior balbuceaba desencajado los indicios que hora tras hora iban desmontando la hipótesis oficial sobre la autoría del atentado. Poco a poco, el ministro de Transportes ha ido rindiéndose, no sin resistencia, a las evidencias sobre un tramo de vía roto o mal soldado que sugieren la responsabilidad de Adif –es decir, de su departamento– en el origen del fallo, aunque todavía ha tratado de señalar al servicio de emergencias madrileño –¡¡Ayuso!!– como culpable del largo y dramático rato en que nadie advirtió sobre el terreno la presencia del segundo tren siniestrado. No parece que el intento vaya a colar, como no ha colado el disfraz de humilde franciscano del político provocador que se cachondeaba con un cartel sarcástico –«Disculpen las mejoras»– de las razonables quejas de los usuarios.
El manual del apagón de abril ha estado desde el principio de la tragedia de Adamuz sobre la mesa del Gobierno, en la creencia de que la ambigüedad o la distracción informativa podían aplacar primero y diluir luego la zozobra y la ira de una opinión pública perpleja ante el doble descarrilamiento. Pero esta vez hay más de cuarenta muertos por medio, y además el examen técnico del escenario resulta menos complejo que los intrincados vericuetos del ‘mix’ eléctrico. Concurre además la circunstancia de que la red de alta velocidad, como la de cercanías, se halla desde hace tiempo sumida en un caos funcional de averías, retrasos e incidentes diversos que han destruido la confianza de los viajeros y arrastrado al servicio a un descrédito completo. De tal modo que la crisis de seguridad se ha entendido como un paso más de ese proceso, y por tanto difícil de achacar a cualquier tipo de factores externos.
Quizás el más patético o pintoresco de los argumentos deslizados por los intoxicadores gubernamentales a través de su aparato de propaganda haya sido el de las «ruedas cuadradas» con el que algún o alguna analista pretendía desplazar el origen de la catástrofe al convoy de fabricación italiana. Más que un lapsus era una consigna (o benévolamente una explicación gráfica) mal interpretada, pero resume con fortuna el esfuerzo por encontrar excusas para esquivar la tormenta política y mediática. En ese sentido, la portavocía de un hombre con la trayectoria pendenciera y agitadora de Puente no puede sino agravar la polémica por más que imposte un talante sensato y una actitud empática; da la impresión de que Sánchez lo ha usado de fusible ante la cólera ciudadana a costa de dejar sus aspiraciones de futuro achicharradas. Pero es la rueda del relato monclovita la que se ha salido de los raíles de una realidad en cuyos tercos parámetros no cuadra.