Mercedes Gallego-El Correo

  • Un año de espectáculo cargado de simbolismo que ha transformado Estados Unidos y el mundo

Horas después de jurar su vuelta triunfal al poder en la Rotonda del Capitolio, Donald Trump se sentó en el escenario del Capital One Arena para empezar a firmar órdenes ejecutivas frente a sus fans, en un escritorio instalado para la ocasión. Comenzaba así un gobierno de reality show, que su administración declara «el más transparente de la historia» y es, sin discusión, el más «transformador» de su tiempo.

Para cuando acabó el día, había firmado 26 órdenes ejecutivas que abarcaban desde la restitución federal de la pena de muerte, hasta la retirada inmediata de la Organización Mundial de la Salud. Cada una de estas causas era profundamente simbólica en el universo MAGA (Make America Great Again) que ha creado. La agencia de la ONU a la que convirtió en chivo expiatorio de la pandemia encarna todo lo que su gobierno combate: el multilateralismo, la gobernanza global, la coordinación internacional y el triunfo de la ciencia por encima de la superchería.

Masha Gessen, columnista del New York Times, aclara que Trump no persigue solo los ratings batidos en su ‘reality show’ de NBC, ‘El Aprendiz’. Lo que busca es gobernar mediante el espectáculo, más que a golpe de legislación. Con su partido en el poder, podría sacar adelante leyes que hicieran realidad su agenda al estilo convencional, pero el engranaje legislativo es tedioso, aburrido y diluye el impacto de su figura, como ocurre con el multilateralismo. La firma de decretos es un espectáculo deliberado con el que busca mandar un mensaje de cómo funciona ahora el mundo, según Trump. Lo imposible es posible gracias a su poder unipersonal. «Solo yo puedo arreglar esto», repetía durante la campaña. Sus bases le creen.

La operación en Venezuela ha sido su espectáculo de más éxito en este primer año, que también ha tenido momentos de máxima audiencia con la cumbre de Vladímir Putin en Alaska, la reunión de Volodímir Zelenski en el Despacho Oval o la del presidente surafricano, Cyril Ramphosa, a quien incluso le tenía preparado un vídeo conspiratorio, que proyectó públicamente ante las cámaras. La discreción de la diplomacia ha sido sustituida por la visibilidad mediática, que tiene la misión narrativa de subrayar su poder unipersonal y enviar un mensaje específico a sus bases, al país y al mundo.

Al simbolismo de la percepción masiva que acarrean estos espectáculos públicos le acompañan también mensajes sutiles en clave racista específicamente dirigidos a sus seguidores neonazis que en última instancia son su milicia más leal. A la imagen de un trineo frente a la encrucijada de EEUU o Rusia que colgó la Casa Blanca en X el miércoles durante la cumbre danesa, le acompañaba un mensaje que no era casual: «Which way Greenland man?» (¿Por dónde, hombre de Groenlandia?) La frase «Which Way Western Man» es el título del libro más famoso de William Gayley Simpson, conocido neonazi de la National Alliance, que en los años 30 y 40 seguía la doctrina de Hitler, acusaba a los judíos de conspirar y abogaba por la violencia contra ellos. El propio lema del ‘America First’ es una consigna rescatada del movimiento aislacionista de los años 30 con ese mismo nombre, que lideraban figuras abiertamente antisemitas como Charles Lindbergh. En el universo semántico de Trump, los judíos han sido sustituidos por los ‘globalistas’ para atacar a las élites financieras, los medios de comunicación y los burócratas internacionales. Esa es la palabra más estudiada por los expertos como el silbato para perros (‘dog whistle’) de Trump.

A punto de cumplir los 80 años en junio, el magnate maneja el efectismo del poder con la habilidad disruptiva de quien no tiene tiempo que perder. Su impaciencia no es solo temperamental. Es un método político muy eficaz en la actual sociedad de la inmediatez para la implementación de su agenda a una velocidad récord.

En la misma tanda de órdenes ejecutivas de su investidura, el mandatario pausó durante 90 días toda la ayuda exterior, retiró a EE UU de los Acuerdos de París sobre el cambio climático, declaró la emergencia en la frontera para ampliar los poderes federales, suspendió las peticiones de asilo, ordenó agilizar las deportaciones, ordenó eliminar el derecho a la ciudadanía por nacimiento a los hijos de inmigrantes, anunció la creación de un Departamento de Eficiencia Gubernamental para eliminar «el despilfarro burocrático» que ha eliminado 280.000 puestos de trabajo y vilificó los programas de diversidad, equidad e inclusión (DEI), lo que ha servido de base para retirar la financiación a universidades y exigir datos de estudiantes y profesores, medida que reforzaría después con otros dos decretos.

A lo largo del año, esas firmas con rotulador grueso, frente a las cámaras, se han convertido en parte rutinaria de su espectáculo de gobierno. En total, 226 órdenes ejecutivas firmadas y publicadas en el Registro Federal hasta el 1 de enero, casi cuatro veces más que su marca del primer mandato, que ya superaba en quince la de Obama. Muchas de ellas estaban destinadas a poner en movimiento una cadena de acciones legales que han dado falsas esperanzas a quienes confiaban en las salvaguardas democráticas para frenarlo. En realidad, sus demandas han abierto el camino hacia el Supremo, donde la jurisprudencia expande y solidifica cada día más el poder del Ejecutivo.

Marca personal

La sentencia más esperada del año es la de los aranceles. No solo se han convertido en la seña de identidad de su política económica, también son su mejor instrumento de presión para forzar el nuevo orden mundial. Al acaparar la función de regular el comercio, que la Constitución atribuye al Congreso, vulnera la separación de poderes y escala las competencias presidenciales. Más allá del debate jurídico, el caso decidirá hasta dónde puede llegar. La demora en la sentencia permite anticipar que habrá varias opiniones disidentes entre los nueve magistrados, que están escribiendo su nombre para la historia.

También Trump. En este primer año de cribas y vendettas ha trasladado su marca personal al espacio público al añadir su apellido al Trump-Kennedy Center, al Trump (US) Institute of Peace, a programas federales y proyectos de buques de guerra. Como su figura tendrá que medirse con la de sus antecesores, ha reescrito con textos opinativos sud pies de foto en la galería de la Casa Blanca, donde Joe Biden es ahora «el peor presidente de la historia» y Barack Obama, «una de las figuras más divisivas». Ha eliminado cualquier referencia a sus impeachments en los museos del Smithsonian y ha arrancado la memoria histórica de la Casa Blanca al pavimentar el Jardín Rosado de Jackie Kennedy y demoler el Ala Este de Eleanor Roosevelt. En su lugar construye un salón de baile patrocinado por la oligarquía tecnológica. La estética de Trump ha cubierto la mansión presidencial de mármol, bronces, candelabros, letras doradas y otros acentos de grandiosidad, que ilumina con recursos televisivos.

El patrón histórico con otros regímenes personalistas revela que, más allá del ego, Trump busca fundir su nombre con la memoria nacional para trascender en el tiempo. Su legado, diseñado para sobrevivir a su mandato, ya ha transformado a EE UU y al mundo en solo un año de gobierno. Aún le quedan tres, oficialmente.