Francesc de Carreras-El País

¿Actuará el Ejecutivo con la independencia necesaria para afrontar los problemas de España o se limitará a satisfacer las demandas de los partidos que le apoyan?

“Por fin, Gobierno”. En afirmativo, sin interrogantes. O bien tenemos que pronunciar estas palabras titubeando: “¿Por fin Gobierno?”. Ambas formulaciones tienen fundamento.

Por un lado, no cabe duda que se ha elegido a un presidente que ha designado ya a sus ministros: por tanto, tenemos nuevo Gobierno. Pero, por otro lado, también sabemos que se trata de un Ejecutivo débil tanto en su composición como por sus apoyos parlamentarios. En consecuencia, quizás debamos reformular la pregunta inicial: ¿tenemos un Gobierno coherente y sólido capaz de llevar a cabo las reformas pendientes desde hace muchos años?

No soy un pesimista apocalíptico pero tampoco un ingenuo optimista. Y esta última pregunta tiene más fácil respuesta: este primer Gobierno de coalición no es coherente ni sólido y, muy especialmente, la mayoría parlamentaria que lo sustenta es frágil y contradictoria. Hay Gobierno, pero ¿tendrá capacidad para gobernar con eficiencia y eficacia?

Siempre hay un Gobierno: con apoyos parlamentarios suficientes o insuficientes, o bien con capacidad limitada, como es el caso de los Ejecutivos en funciones. Desde finales de 2015 hemos tenido siempre Gobierno, pero no un Gobierno como es debido: se ha administrado, pero no se ha gobernado. ¿Se gobernará ahora con la independencia necesaria para afrontar los problemas a los que se enfrenta España o, simplemente, se limitará a intentar satisfacer las demandas de los partidos que le dan su apoyo aunque sea mediante la abstención? Ahí está el quid de la cuestión, ahí puede triunfar o fracasar nuestro arriesgado presidente del Gobierno.

En efecto, las dificultades le pueden surgir desde dos ángulos. Desde el interno, con Unidas Podemos en el Gabinete o con Esquerra Republicana de Catalunya (y demás independentistas) en el Congreso. Si uno de los dos falla, o los dos, ya no tendrá posibilidades de sobrevivir a menos que busque apoyos nuevos en el PP, cosa no fácil, quizás para él imposible de aceptar. La oposición, pues, la puede tener en su propio bloque más que en el contrario.

Desde el ángulo externo, más que en los partidos de la oposición, con los que ya se cuenta que ejerzan este papel, el Gobierno de Pedro Sánchez puede tener dificultades en la opinión pública, una fuerza con la que a veces no se cuenta pero que puede ejercer una presión fundamental hasta llegar a forzar la dimisión y, en unas nuevas elecciones, hacer perder votos y escaños hasta descalabrar a su partido.

De momento, el primer traspiés ha sido proponer a Dolores Delgado como fiscal general del Estado, un guiño evidente a los independentistas para desjudicializar —vaya palabro— la cuestión catalana, una muestra de que los compromisos adquiridos en la investidura tienen atado — aunque esperemos que no bien atado— a Pedro Sánchez. Mal empezamos.