Ignacio Camacho-ABC
- La emotividad publicitaria de la lotería navideña cuadra poco con la implacable rigidez sentimental del Ministerio de Hacienda
Antes de la llegada de Cristóbal Montoro, la fiscalidad gravaba el esfuerzo del trabajo y el emprendimiento, mientras que su progresividad castiga directamente el éxito. Pero llegó aquel ministro tan simpático, hoy investigado por ayudar a clientes particulares a minimizar impuestos, y acuciado por el déficit que le dejó Zapatero decidió que la suerte, o sea, las loterías, también debían cotizar con un tipo concreto del veinte por ciento. En realidad lo que hizo fue bajar en ese mismo porcentaje el verdadero importe de los premios, aunque el nominal se siguiera manteniendo para que su poder de atracción no perdiese efecto. Como es natural, el Gobierno de Sánchez dejó la medida intacta pese a la progresiva alza de los precios. Teniendo en cuenta que la inflación acumulada desde 2018 ronda los veinticinco puntos más o menos, el impacto combinado de ambos factores ha reducido en más de un tercio el valor de las ganancias a partir del límite de exención fijado en cuarenta mil euros.
Este fin de semana comienza la campaña publicitaria de la tradicional lotería navideña, que en cada edición aumenta el grado de una intensidad emotiva muy lejana de la rigidez del Ministerio de Hacienda. Pero la mordida fiscal y el encarecimiento de los bienes de consumo han rebajado el Gordo en proporciones paralelas a la subida de, por ejemplo, la vivienda, de manera que los beneficiarios que antes podían comprarse un piso ahora deben conformarse con poder pagar la entrada de la hipoteca y liquidar algunas deudas. La voracidad recaudatoria ha anulado la contingente condición redistributiva que estimulaba a las capas populares y medias, que ni siquiera por esa vía aleatoria pueden hacerse la ilusión de la riqueza. El pretexto y el contexto de la dentellada exactiva –que era el de la necesidad del equilibrio presupuestario para evitar la intervención europea– caducó hace más de una década pero el Estado se empeña en mantenerla pese al discurso triunfalista sobre su buena salud financiera. En esto no se diferencian izquierdas ni derechas; lo raro es que el coste del décimo se mantenga.
Bien está, ya que al fin y al cabo la participación en el juego constituye un acto voluntario. Pero podrían reducir la sensiblería del anuncio cuando se trata de darnos un sablazo camuflado. Y para una ocasión en que los españoles pueden soñar con un golpe de fortuna que les alegre el ánimo no sería malo dejar de lado ese peaje que la AEAT recolecta con el enfermizo apego de un avaro. Aunque lo conserve el resto del año. El sorteo de Navidad, creado en 1812, pasó muy pronto a ser un acontecimiento casi folklórico, herencia costumbrista de un país subdesarrollado cuyas autoridades encandilaban a los ciudadanos con la improbable esperanza de convertirse en ricos por un albur matemático. Y se trataba precisamente de un método para obtener dinero sin esquilmarlos con nuevos sacrificios tributarios. Los que dos siglos después nos cuelan bajo mano con la empalagosa sentimentalidad de esos reclamos dramáticos.