Editorial-El Correo
- Sin despejar todavía el futuro de Venezuela, EE UU encadena amenazas en América y pone en guardia a los aliados europeos
El ataque de Estados Unidos la madrugada del sábado que terminó con Nicolás Maduro ayer ante un tribunal de Nueva York convierte a Venezuela en un país con tres presidentes. Por un lado, el procesado Maduro, que sigue declarándose como tal y ha elegido para defenderle al abogado que libró a Julian Assange de la larga persecución del Gobierno estadounidense. Por otro, el dirigente opositor Edmundo González Urrutia, considerado por gran parte de la comunidad internacional como ganador de las fraudulentas elecciones de 2024 y exiliado en España. Finalmente, Delcy Rodríguez, la única, después de asumir el cargo ante la Asamblea Nacional, capaz de asegurar lo que parece perseguir en este momento Donald Trump: poner a su servicio una autocracia, apoderarse de los recursos naturales del país y amenazar al conjunto del continente americano con seguir el mismo camino si países como los explícitamente señalados Colombia o México no se pliegan a su voluntad.
Tres días después de la operación militar en Venezuela, el chavismo sigue intacto. Con Delcy Rodríguez, que ha impuesto el valor de su pragmatismo, Washington se garantiza la continuidad administrativa para evitar el caos mediante la coordinación de los distintos grupos de poder del régimen. Sin que quepa excluir futuros choques que enfrentarían a sus protagonistas a compartir la suerte de Maduro. La preocupación generalizada por la ilegalidad de la intervención estadounidense, y por la ausencia en su agenda del impulso a una transición democrática, choca contra el muro de una Administración dispuesta a gobernar su hemisferio de influencia y el conjunto del mundo mediante la intimidación.
De la amenaza permanente que emana de la Casa Blanca, ya es sabido, no se libran ni siquiera los países que comparten la OTAN. La renovada ambición de Trump por hacerse con Groenlandia genera escalofríos en los aliados europeos. En su propósito de debilitar al Viejo Continente, EE UU abre un nuevo frente que desvía la atención de la Unión de la prioridad de Ucrania. Y el apoyo a la apasionada defensa de la soberanía danesa sobre la isla deja todavía sin respuesta la pregunta de cómo actuar si la Casa Blanca decide apoderarse de un territorio en el que ya tiene más presencia militar que Dinamarca. Porque la idea francesa de enviar un contingente asusta más a Berlín o a Copenhague que a Washington.