Mikel Buesa-La Razón
- Lo paradójico de todo esto es que la edificación de un país para viejos –inevitable por mor de la demografía– sólo es viable con el concurso de los jóvenes, pues son ellos los llamados a generar los recursos requeridos para tal finalidad
No sé si lo habrán observado ustedes, pero en la encuesta electoral de NC Report que publicó nuestro periódico el pasado lunes se informaba de que la mitad de los jóvenes (18 a 29 años) se abstienen de votar mientras que dos tercios de los viejos (65 y más años) sí que lo hacen. Y en las edades intermedias la proporción va aumentando entre uno y otro extremos. Dicho de otra manera, mientras que a los viejos les interesa –y mucho– la política, a los jóvenes se la trae al pairo. Y lo malo para éstos es que la demografía va reduciendo su presencia social, pues si hace medio siglo su número duplicaba al de aquellos, ahora se han vuelto las tornas y resulta que los electores mayores son dos veces más abundantes que los novatos. Ello hace que, si tenemos en cuenta la participación electoral, por cada joven que acude a las urnas hay casi tres ancianos que se participan en los comicios. A nadie extrañará que, en estas circunstancias, los partidos políticos tengan una poderosa inclinación a tratar de satisfacer las demandas de la gente mayor –muy especialmente de los jubilados– y que atiendan con menos entusiasmo las de los que se estrenan en la vida adulta. Esto, traducido al gasto público, hace que el dedicado a los viejos sea equivalente a algo más del 19 por ciento del PIB, mientras que a los jóvenes apenas les alcanza el 5 por ciento –cuatro veces menos–. Claro que a los de las edades intermedias les llega también otro 7 por ciento y quedan 14 puntos del PIB para los servicios públicos generales y las políticas medioambiental, económica, de seguridad y de defensa que, aproximadamente, afectan por igual a todos los electores.
Lo paradójico de todo esto es que la edificación de un país para viejos –inevitable por mor de la demografía– sólo es viable con el concurso de los jóvenes, pues son ellos los llamados a generar los recursos requeridos para tal finalidad. Ello implica que puedan formarse, incorporarse pronto al mercado de trabajo, tener un hogar, formar familias y progresar. O sea que, voten o no, se necesita reforzar las políticas orientadas a satisfacer sus necesidades.