Jesús Cacho–Vozpópuli

«No habrá libertad sin capacidad para defenderla»

“El proyecto europeo está muerto”, sostiene el historiador, sociólogo y politólogo francés Emmanuel Todd en su libro “La derrota de Occidente” (Ed. Akal). “Una sensación de vacío sociológico e histórico se ha apoderado de nuestras elites y nuestras clases medias. En ese contexto, el ataque ruso contra Ucrania fue casi un regalo del cielo. Los editorialistas de los medios no lo ocultaban: la invasión rusa volvía a dar sentido a la construcción europea; la UE necesitaba un enemigo exterior para recomponerse y avanzar, una retórica optimista que dejaba entrever una realidad más oscura. La Unión es una fábrica de gas ingobernable y, literalmente, irreparable. Sus instituciones se están vaciando. Su reacción a la “amenaza Putin” no es necesariamente un esfuerzo por recomponerse, sino, quizá, una pulsión suicida: expresaría la inconfesable esperanza de que esta guerra acabe por hacer que todo salte por los aires. Tras haber diseñado una maquinaria disfuncional en Maastricht, nuestras elites podrían echarle la culpa a Rusia; su oscuro deseo sería que la guerra liberara a Europa de sí misma. Putin sería su salvador, su Satán redentor”.

«La guerra puso en evidencia la incapacidad de Europa para defenderse»

La irrupción de la guerra en Europa se convirtió en un acontecimiento tan inesperado como terrible para un continente que desde el final de la II Guerra Mundial se pensaba instalado en una especie de paz perpetua neokantiana. El amargo despertar de un sueño que, además de poner de manifiesto la sorprendente resistencia de una Ucrania a la que todos esperaban ver rápidamente aplastada y de comprobar igualmente la resistencia económica de un pigmeo en términos de PIB (diez veces inferior al de la UE) como Rusia, pero a quien las sanciones económicas no parecen haber hecho mella, reveló sobre todo la ausencia europea de una voluntad real de defenderse, aunque tal vez sería más acertado decir que puso en evidencia su incapacidad para defenderse después de haber confiado esa tarea al paraguas nuclear norteamericano desde 1945. El regreso al poder de Donald Trump en Washington y el reajuste de alianzas en el mapa geopolítico que ello ha supuesto (la derrota de Occidente, en expresión de Todd, consecuencia no tanto del ataque ruso al corazón de Europa como de esa pulsión suicida para destruirse a sí misma), ha colocado a la UE ante el espejo de sus miserias obligándole a abordar algo que ha venido postergando durante décadas: la necesidad de defenderse de forma autónoma dedicando una parte importante de su riqueza a construir su seguridad frente a la amenaza rusa, el alineamiento de Estados Unidos con los imperios autoritarios, la falta de credibilidad de una OTAN controlada por Washington y la persistencia del yihadismo. Una obligación que sorprende al proyecto de UE en un momento de aguda crisis, crisis que es económica pero también política y sobre todo moral. Una crisis decididamente existencial.

¿Y cómo ha reaccionado la clase dirigente europea ante tamaño desafío? Anunciando un plan para invertir 800.000 millones, apelando a la vía escapista del dinero, siempre el dinero, en lo que no deja de ser una huida hacia adelante que evita a nuestras elites el mal rato de tener que hacer frente a las verdaderas raíces del problema. Dotar a la Unión de una capacidad de disuasión efectiva frente a cualquier nueva agresión implícita en el proyecto imperial ruso obliga a los países miembros a aumentar el presupuesto de Defensa al 2% del PIB a finales de año y al 3% para 2029, una suma no inferior a los 60.000 millones en el caso español, pretensiones obstaculizadas por el estancamiento de la economía y la crisis de las finanzas públicas de la mayoría de los países. El esfuerzo sería perfectamente posible para una Alemania cuya deuda pública representa apenas el 62% de su PIB, pero es inalcanzable para una Francia cuyo endeudamiento roza el 120% del PIB, con tipos de interés del 3,6% (el servicio de la deuda se comerá pronto el 3,5% de la generación de riqueza gala) y crecimientos nominales muy inferiores. Vale decir que la crisis financiera bloquearía casi de inmediato cualquier ilusión de rearme europeo, y que la vía tradicional de la subida de impuestos parece vetada allí donde las extenuantes políticas fiscales solo han logrado paralizar el crecimiento, penalizar a las empresas y ahuyentar el capital y el talento imprescindibles para hacer efectiva aquella fuerza de disuasión.

«Hacer frente a las amenazas obligará a los países miembros a una revisión drástica de su modelo económico y social»

Conviene por tanto asumir que el rearme europeo sólo podrá abordarse a costa de reorientar el gasto del Estado del Bienestar (una partida a la que Francia, el único país “nuclear” de la UE, dedica nada menos que el 34% de su PIB), vale decir que hacer frente a las amenazas que se ciernen sobre el modo de vida europeo, sobre la prevalencia de nuestras libertades, obligará a los países miembros a una revisión drástica de su modelo económico y social, nos forzará a elegir, a priorizar el componente del gasto público. ¿Es posible rearmarse y preservar el modelo social europeo? Alguien ha dicho que el empeño en mantener los Estados del Bienestar ha canibalizado la economía del viejo continente y ha desarmado al Estado soberano, lo ha dejado indefenso, reduciendo el crecimiento a guarismos ridículos, inferiores al 0,5%, desmantelando la industria y condenando a millones de trabajadores a salarios de miseria (en el caso de Francia, el 18% de los empleados conviven hoy con el salario mínimo, frente al 10,8% en 2015). De manera que el rearme, la palabra maldita para el okupa de Moncloa, solo será posible mediante el saneamiento y control de las finanzas públicas, lo que implica la reducción del déficit y la vigilancia extenuante de la deuda, ello sin abdicar del componente de solidaridad esencial para preservar la cohesión nacional. Nos hallamos, pues, ante la necesidad de una profunda transformación del Estado benefactor, que debería ir asociada a una revolución de los valores, la vuelta a los hábitos mentales de la disciplina, el trabajo y el esfuerzo y sobre todo a un cambio radical de comportamiento de nuestras sedicentes elites, obligadas a decir la verdad, a tratar a los ciudadanos como a seres adultos, a no engañarlos con mentiras y baratijas ideológicas. No habrá libertad sin capacidad para defenderla y disposición vital a poner muertos sobre la mesa. Y no habrá defensa creíble sin una economía dinámica, sin unas cuentas públicas ordenadas y sin una nación unida y movilizada. Razón por la cual el rearme militar es inseparable del económico, político, demográfico y, sobre todo, moral.

Dicho lo cual, la posibilidad de un ejército europeo es a día de hoy una pura quimera. Con la Defensa excluida de los Tratados de la Unión, las instituciones comunitarias se limitan a facilitar la financiación del rearme, liberar a la industria de defensa de la camisa de fuerza regulatoria que la asfixia, proteger las infraestructuras y asegurar las fronteras del continente. Las debilidades de esa industria son notorias. Baste decir que el 65% de las compras de equipo militar que realiza la UE tienen un único proveedor: Estados Unidos. Lockheed Martin factura 71.000 millones de dólares, frente a los 24.000 millones de euros de la francesa Thales o de la británica BAE Systems. Entre las 20 primeras empresas europeas del sector no hay ninguna española, y ninguna de ellas factura más de 800 millones. Pero es que mal podría España comprometerse a proteger las fronteras de la Unión cuando no es capaz de defender las suyas propias, es más, cuando acaba de entregar el control de una parte de ellas a un partido nacionalista radicalmente enemigo de la integridad de España. La España de Sánchez es el auténtico enfermo de Europa, el eslabón más débil de la cadena europea de Defensa. Un Gobierno cuya parte comunista se opone a cualquier inversión en Seguridad porque simpatiza abiertamente con los postulados de los enemigos del país, cualquiera que sea, en particular con los del dictador ruso. Un Gobierno sin voluntad de proteger a una nación en la que no cree. Y un presidente más cercano a los planteamientos autócratas de los nuevos tiranos que a los de cualquier dirigente demócrata, además de un trilero dispuesto a engañar de nuevo a sus socios europeos con la esperanza de que le vuelva a caer, gratia et amore, otra lluvia de millones que le permitan apalancarse en el poder mediante la vieja fórmula de la compra de votos y voluntades.

«Poner a Sánchez en la calle cuanto antes es una exigencia de salvación nacional»

Ayer supimos por el diario ABC que la ministra de Defensa ha paralizado esta semana el trabajo del Grupo de Planeamiento Operativo (GOP) creado solo días antes por el Mando de Operaciones para diseñar una posible misión española en Ucrania, una decisión que evidencia la falta de intención del Gobierno Sánchez de participar en cualquier misión militar de interposición en Ucrania. Al Gobierno socialcomunista le gusta utilizar al Ejército —un Ejército diezmado y desmotivado, mal pertrechado y peor financiado—en misiones tipo “coros y danzas” en el exterior, fuera siempre del riesgo de fuego real. Revelador del grado de deterioro que sufren nuestras fuerzas armadas es la lucha subterránea, de la que poco o nada se ha hablado hasta ahora, que está teniendo lugar entre los ministerios de Defensa y de Asuntos Exteriores. El ministro Albares lleva semanas intentando convencer a su amigo el presidente de la conveniencia —ahora que la Defensa está tan íntimamente ligada a la Diplomacia— de poner en la calle a Margarita Robles para adjudicarse él mismo esa cartera. Albares quiere ser también ministro de Defensa, no está claro si cambiando de ministerio o poniendo ambos bajo su responsabilidad. De momento, las maniobras de Napoleonchu para provocar ese cambio no han dado resultado. Sánchez, que no se ha pronunciado, no ha impedido, sin embargo, que el ministrín saltarín siga acumulando interlocución y protagonismo en asuntos antaño de la exclusiva competencia de Defensa, ello ante la creciente debilidad de una Robles que se ha revelado como un auténtico bluf. En todo caso, el ruido en el Palacio de Viana sobre la posibilidad de que Albares se haga con la cartera de Defensa sigue a la orden del día, como una evidencia más del descontrol por el que transita la política española de la mano de un Sánchez que ha renunciado a aprobar los PGE —el primer punto de ese Plan de Defensa del que carece— y que, como ha dicho el líder de la oposición, “compromete algo para lo que no tiene autorización, inversiones sin presupuestos y compromisos plurianuales sin aprobación del Parlamento”.

La verdad es que este Gobierno no tiene capacidad ni intención real de cumplir sus compromisos. No existe un plan serio para aumentar las capacidades militares españolas a medio plazo, ni una estrategia clara para la modernización de las Fuerzas Armadas. Todo se reduce a una promesa hueca para ganar tiempo. Sánchez se encuentra atrapado en un callejón sin salida, con Bruselas y Washington exigiéndole un esfuerzo presupuestario inmediato, por un lado, y con sus socios comunistas y separatistas negándose a cualquier aumento del gasto so pena de llevar al Ejecutivo al colapso, por otro. En los círculos diplomáticos empieza a cuajar la idea de un Sánchez políticamente muerto. Como contaba días atrás el columnista de esta casa Alejo Vidal-Quadras, “toda escapada tiene su final y la de Sánchez no será una excepción. No se puede aprobar un plan de rearme sin la cuarta parte del Gobierno, sin los socios que le dan la mayoría, sin el principal partido de la oposición, sin presupuestos y sin llamarlo por su nombre. La prolongación de su agonía está resultando un espectáculo penoso”. Asistimos al suicidio asistido de Europa (Emmanuel Todd) y al consentido de España. Poner a Sánchez en la calle cuanto antes es una exigencia de salvación nacional.