El Confidencial

The Wall Street Journal. Jessica Donati y Margherita Stancati
  • Abdul Ghani Baradar, uno de los fundadores de los talibanes, se ha convertido en la cara del movimiento tras pasar la mayor parte de la última década en la cárcel en Pakistán

Sin embargo, 20 años después, ha vuelto al poder: Estados Unidos abogó por su liberación en el marco de la conversación que el Gobierno de Trump inició con los talibanes. Desde el frente de la oficina política del grupo en Doha, su embajada ‘de facto’, Baradar lideró las negociaciones con Estados Unidos que culminaron con un acuerdo para poner fin, tras dos décadas, a la participación estadounidense en el conflicto. 

El mundo aún desconoce quiénes son exactamente los nuevos líderes afganos y cómo pretenden gobernar el país, pero si hay alguien que representa el movimiento, es el mulá Baradar. Ostenta el cargo más alto de todos los líderes del movimiento que han aparecido ante el público desde que tomaron el control en Afganistán.

Compareció por primera vez el domingo, con sus gafas y su característica seriedad. Allí, se dirigió con voz queda a los escuchantes, instó a la calma, prometió servicios a la nación y pidió a los combatientes que fueran respetuosos. 

“La forma en que lo hemos conseguido ha sido inesperada. Dios nos ha concedido esta victoria”, afirmó en un mensaje de vídeo difundido en las redes sociales, en el que pidió a las tropas talibanas que “no fuesen arrogantes”. 

Los talibanes no han hecho público el nombre del líder del movimiento o la forma en que funcionará su Gobierno. 

A lo largo de dos décadas, los talibanes han creado un Gobierno de guerra y han nombrado a líderes en cada provincia, así como a altos cargos militares y del sistema judicial. Sin embargo, es poco común que comparezcan ante el público.

Se cree que el mulá Haibatullah Akhunzada, emir o líder espiritual del grupo, se encuentra cerca de la ciudad de Quetta, en Pakistán. Sus dos adjuntos, el mulá Yacub, hijo del primer líder del movimiento, mulá Mohammad Omar, y Sirajuddin Haqqani, el líder militar del grupo, dirigen las operaciones rutinarias. 

Ashley Jackson, una experta en insurgencias y autora de un libro sobre la vida bajo el régimen talibán, explica que “la estructura actual no es necesariamente la que veremos cuando lleguen al Gobierno. Nadie sabe quién va a liderar el movimiento… Apostaría a que los talibanes mismos no lo saben, porque aún no han dicho nada”. 

Baradar, que ronda los 50, ha sido una figura clave del movimiento talibán desde sus inicios.

Su amistad con el fundador y difunto líder de los talibanes, mulá Omar, se prolongó durante décadas. Según Bette Dam, una experta en los talibanes y autora de un libro sobre el mulá Omar, se conocieron en el sur de Kandahar, cuna del movimiento talibán, cuando se enfrentaron a los soviéticos tras la invasión de 1979.Los talibanes declaran la victoria y el fin de la guerra en Afganistán

Durante la toma de Afganistán en 1994, Baradar demostró ser un comandante hábil. Cuando el grupo se vio abocado a la clandestinidad tras la invasión estadounidense de 2001, primero intentó rendirse y luego desempeñó un papel fundamental a la hora de reagrupar a los miembros del movimiento y convertirlo en una insurgencia. 

“Fue él quien intentó rendirse ante Hamid Karzai en diciembre de 2001”, explica Dam, refiriéndose al primer presidente de Afganistán tras la caída de los talibanes.

Durante mucho tiempo, se consideró que Baradar era el comandante talibán con mayores probabilidades de entablar conversaciones de paz con el Gobierno afgano y sus aliados occidentales.

A mitad del conflicto, volvió a intentar negociar un acuerdo por medio de contactos secretos con el Gobierno de Karzai, hasta que fue capturado por agentes estadounidenses y pakistaníes a principios de 2010. 

“Es una de las figuras clave entre los talibanes, porque ha estado presente desde el primer día y ha impulsado el movimiento en momentos decisivos”, explica Ibraheem Bahiss, un consultor especializado en Afganistán del International Crisis Group.

Durante los años posteriores a su detención, el presidente Karzai, que pertenece a la misma tribu pastún durrani que Baradar, presionó a Pakistán para que lo liberase, con la esperanza de ayudar así a impulsar las conversaciones de paz con el grupo insurgente. 

No fue hasta 2018 cuando, ante la presión estadounidense, Pakistán dejó en libertad al mulá. Las dudas iniciales sobre su autoridad y su salud tras años de arresto se disiparon rápidamente.

Para los estadounidenses, su liberación supuso un cambio en el tono de las negociaciones. Mientras que antes las discusiones eran acaloradas por las bajas civiles y las partes se acusaban mutuamente de cometer brutalidades, era raro que el mulá levantase la voz. 

Los participantes en las negociaciones le describen como una persona tranquila, comedida y difícil de leer. No obstante, cuando las negociaciones con los estadounidenses relativas al ámbito operativo llegaban a un punto muerto, se podía confiar en que Baradar intervendría para facilitar el avance de las mismas. Su estilo era también inclusivo: a menudo se hacía a un lado para permitir que otros miembros de la delegación hablaran. 

Baradar fue el rostro de la organización que prometió a EEUU que los talibanes no entrarían en Kabul hasta que evacuasen la embajada 

“No es una de esas personas que dominan la sala con sus palabras”, matizó una persona familiarizada con las negociaciones. 

Sin embargo, otros se sintieron frustrados ante el estricto control a que estaba sometida la comunicación. En una reunión reciente con una delegación europea, el mulá optó por leer una declaración en pastún, que fue traducida, dejando poco espacio para el diálogo. 

“Hubo muy poco diálogo genuino que me permitiera formarme una opinión sobre su personalidad”, describió un diplomático europeo. 

En los días que precedieron al colapso de Kabul, Baradar fue el rostro de la organización que prometió a los diplomáticos estadounidenses que los talibanes no entrarían en Kabul hasta que se completase la evacuación de la embajada. Sin embargo, cuando el Gobierno huyó sin avisar, los talibanes entraron en la ciudad.

Lo justificaron explicando que intentaban evitar el caos. Las autoridades internacionales no pueden sino hacer conjeturas sobre quién tiene realmente el control.

Ahora, los talibanes se adentran en su periodo más precario. Kabul está sumida en el caos, los rumores sobre palizas y muertes siembran el miedo entre sus habitantes y los observadores internacionales temen que algunos grupos oportunistas aprovechen el vacío de poder para saquear y matar. 

“Han tomado el país con relativa facilidad, al igual que lo hicimos nosotros tras el 11 de septiembre de 2001”, explica la persona familiarizada con las negociaciones. “La posibilidad de una guerra civil prolongada aún está presente”.

Algunas autoridades occidentales han declarado que esperan que los talibanes respeten las convenciones internacionales de derechos humanos y conserven algunas de las libertades para las mujeres que tanto costó conseguir durante las décadas de influencia estadounidense. A cambio, los diplomáticos occidentales han ofrecido legitimidad internacional y potencialmente incluso ayuda.

Según los diplomáticos, hace tan solo dos meses, el mulá Baradar anunció su interés en colaborar con socios internacionales y en mantener la presencia internacional en Kabul. 

“Ya veremos. Ya hemos hablado de eso con ellos antes”, previno un diplomático de la UE acerca de los talibanes. “Intentaremos mantener el contacto con ellos para hablar de estas cosas en los próximos días”.