Isaac Blasco-Vozpópuli
- China y Zapatero tienen bastante en común, por ejemplo la ambigüedad calculada, la corrección como coartada… una rara habilidad para ejercer el poder blando
Desde que no le conviene, la política doméstica ha dejado de interesar a Pedro Sánchez. Como político astuto pero poco imaginativo, el presidente del Gobierno ha centrado la agenda en el presunto milagro económico de los 22 millones de cotizantes y en su rol internacional como némesis del trumpismo y príncipe de la paz, igual que Manuel Godoy.
Transcurrido un año desde su última visita a Xi Jinping, Sánchez retorna a Pekín sin haber dado ni una sola explicación sobre lo que cerró en aquel desplazamiento, el tercero desde que gobierna (es un decir), preparado con mimo por José Luis Rodríguez Zapatero, como informó este periódico entonces.
Con esta cuarta expedición asiática, entre el 11 y el 15 de abril próximos, de la que los españoles nos hemos enterado por la Cancillería china, el jefe del Ejecutivo, aparte de abstraerse unos días del molesto ruido procesal derivado de que su proyecto (también es un decir) se haya abonado al banquillo de los acusados, igualará en número a las que giró el expresidente durante su mandato de casi ocho años.
China ha desplegado en España sus dotes seductoras para vender la pujanza de un país que de libre solo tiene su economía de mercado; donde sigue vigente la pena de muerte -con una cantidad de ejecuciones indeterminada porque la cifra se oculta como secreto de estado-; donde se persigue a las minorías y se castiga la disidencia mediante el encarcelamiento; donde se diseñan desde arriba medidas coercitivas contra colectivos profesionales molestos, como los abogados de derechos humanos; donde se practica el ostracismo social para los considerados “inadaptados” por el régimen; donde la cúpula del PCCh está perfectamente homologada con cualquier dirigencia autocrática del mundo, de las que tanto sabe Zapatero, embajador tácito de los intereses chinos en España y pretensión de serlo para el conjunto de la Unión Europea.
China esconde su autoritarismo tras un edificante dinamismo económico plasmado en un desarrollo tecnológico que, por ley, no obstante está obligado a rendir cuentas al poder institucional. Su cuna es Shenzhen, el llamado ‘Silicon Valley’ oriental, sede de Huawei, del que Zapatero habla maravillas: donde el odiado imperialismo yanki planta una bandera, China pone una tienda.
Con todo, lo probable es que Albares pretenda hacernos creer que el objetivo real de la misión no era otro que Sánchez se grabara un ‘tittok’ en la Ciudad Prohibida
El exordio zapaterista sobre las virtudes chinas ha quedado profusamente reflejado en algunos de los libros del expresidente. En uno de ellos, La solución pacífica, llega a atribuir las críticas al modelo chino a la incapacidad de Estados Unidos de asumir la pérdida de su papel como potencia hegemónica. Su ‘solución pacífica’ incluye la aceptación de que el desarrollo y la prosperidad probablemente compensan el déficit de libertad y el atropello a los derechos fundamentales. Si no se lo creen, lean el libro, o mejor lean las consideraciones sobre esos lisérgicos pasajes del periodista José Antonio Zarzalejos, cuya prosa es infinitamente más amena, y su criterio mucho más ecuánime, que los del expresidente del Gobierno.
En el fondo, China y Zapatero tienen bastante en común, por ejemplo la ambigüedad calculada, la corrección como coartada… una indiscutible habilidad para ejercer el poder blando, en definitiva.
En abril del año pasado, el Gobierno se afanó en simular que Sánchez viajaba -en plena guerra arancelaria con Trump– delegado por la Comisión Europea, una gran falacia desmontada en virtud de la propia naturaleza de los acuerdos suscritos por la delegación española con el gigante asiático. En este abril, con España en el punto de mira de la Casa Blanca a cuenta del desafío imposible del presidente del Gobierno al dirigente más intemperante -y poderoso- del planeta, las consecuencias de la excursión pueden ser mucho más graves que entonces.
Con todo, lo probable es que Albares pretenda hacernos creer que el objetivo real de la misión no era otro que Sánchez se grabara un ‘tittok‘ en la Ciudad Prohibida.