Ignacio Camacho-ABC
- La sintonía institucional en las tragedias tiene letra pequeña. La tregua apenas dura más allá de las primeras comparecencias
Desde la dana, y sobre todo desde el accidente de Adamuz, la nomenclatura institucional ha impuesto en las tragedias, al menos mientras se entierran los muertos, una sensata tregua política. Bien está; los dirigentes se han dado cuenta del rechazo social que producían sus desencuentros y la falta de sensibilidad con el sufrimiento de las víctimas. Ahora impera un artificial espíritu de coordinación donde los responsables públicos comparecen juntos escenificando colaboración mutua y hasta cierta empatía, como por otra parte se espera de quienes tienen la obligación de ayudar a la gente por encima de diferencias ideológicas o partidistas. El síntoma de la degradación de la convivencia democrática es precisamente que ese respeto se haya convertido en noticia.
Sin embargo ese saludable armisticio tiene letra pequeña, además de estar sometido a una estricta provisionalidad limitada al tiempo de las primeras y obligadas comparecencias. A veces ni siquiera eso; siempre hay un Puente de guardia profiriendo zafiedades de taberna mientras sus jefes se esfuerzan en guardar las apariencias. En Sierra Cabrera, los ministros Robles y Bolaños, incluso el propio Sánchez, han representado su papel junto a las autoridades autonómicas y locales como mandan las reglas, pero bajo el simulacro de cooperación ya hay en las redes síntomas de que en cuanto se apaguen los últimos rescoldos y la población desalojada pueda volver a sus viviendas se va a avivar con fuerza el fuego de la ofensiva de la izquierda.
Por supuesto que el Gobierno andaluz tiene que dar las explicaciones que le reclame la oposición parlamentaria. Aunque la ausencia de alerta digital está aclarada, hay asuntos que debatir en torno a la prevención forestal, al desbrozado del campo y al descontrol urbanístico de comarcas como la afectada. Pero ése no va a ser el tono, salvo inesperado ataque colectivo de moderación y templanza. Trece cadáveres –ojalá no sean más– forman una munición demasiado tentadora para desperdiciarla. Faltan cinco minutos para que a Juanma Moreno lo acusen de plegarse a su flamante socio Vox en el negacionismo de la crisis climática, y muy poco más para que lo empiecen a llamar asesino en las pancartas, como en la crisis de los cribados del cáncer de mama.
Eso sólo si la cosa se queda en Los Gallardos. Lo malo es que tras el invierno lluvioso y la primavera seca, el verano se presenta complicado y es probable que en toda España asistamos a un literal desparrame incendiario. El ambiente de crispación, con los tribunales de vacaciones, los sumarios de corrupción parados y los ciudadanos resignados al habitual colapso ferroviario, puede encontrar una válvula de desahogo a poco que se repita algún episodio trágico. Ya conocemos la película de otros años. El espejismo de la sintonía es un recurso transitorio para evitar la ira popular y salir del paso; en cuanto se disipe el humo del monte quemado, los duelistas del garrotazo volverán a su concienzuda tarea de demolición de la confianza en el Estado.