Ignacio Camacho-ABC

  • En Venezuela no habrá una transición limpia mientras continúe intacto el aparato político del régimen chavista

Dos célebres fotografías tomadas con ocho segundos de intervalo –los que Puigdemont tardó entre anunciar y suspender la declaración de Cataluña como estado soberano–, simbolizaron en 2017 la celeridad con que el movimiento separatista pasó del entusiasmo al desencanto ante la evidencia de que su sueño de secesión desembocaba en fiasco. No mucho más tiempo empleó Trump en enfriar el eufórico estado de ánimo con que la opinión pública del mundo libre, excepto los reductos del comunismo más rancio, celebraba hace una semana el derrocamiento del dictador venezolano. A un primer discurso crudamente pragmático, en el que el líder estadounidense desdeñó con innecesaria aspereza a María Corina Machado, se han sumado en los siguientes días numerosos y claros síntomas de que no sólo el régimen bolivariano continúa intacto, sino de que la restauración democrática va para largo porque la propia Casa Blanca ha dado en considerarla un asunto secundario.

Se puede entender, porque tiene lógica, que la gran potencia americana quiera evitar errores como los de Irak o Afganistán, donde su intervención militar derivó en estados fallidos por no haber previsto que la demolición de las estructuras institucionales preexistentes provocaría un vacío de poder de efectos convulsivos. Pero la entrega del mando a Delcy Rodríguez y su clan de jerarcas del chavismo constituye una decepción que no pueden compensar gestos aperturistas como la excarcelación de unos pocos presos políticos, cuya existencia por cierto negaba hasta antier mismo esa izquierda española que Maduro acogía bajo su patrocinio. La idea de un pacto con el aparato de la tiranía para proteger intereses económicos cobra cada vez más sentido pese a la disimulada prudencia de los opositores en el exilio ante esta suerte de democracia a pellizquitos. Trump, en cambio, no disimula su verdadero objetivo de asegurar el control del negocio petrolífero.

En estas circunstancias, el arrestado sátrapa parece más bien un rehén para garantizar el cumplimiento de unos acuerdos cuyos detalles reales permanecen secretos. La industria de hidrocarburos ha sido declarada prioridad frente al restablecimiento de las libertades, que deberá esperar a mejor momento. Un momento que llegará, aunque sólo sea por cierto pudor cosmético, pero no antes de que el ‘establishment’ chavista ponga a salvo su botín, amarre su impunidad y borre las huellas de sus delitos desde el Gobierno. Incluso de que se sienta en condiciones de disputar unas elecciones libres con ciertas posibilidades de éxito frente a una oposición reprimida desde dentro o desarticulada por su estancia en el destierro. Tiene por delante una amplia etapa –vigilada, eso sí– para organizar la gran operación de encubrimiento. Y quienes confiaban en una transición limpia tendrán que conformarse con la certeza de que siempre es mejor que haya un déspota menos.