Ignacio Camacho-ABC

  • Solo mediante el claroscuro es posible pintar el cuadro del Siglo de Oro, epítome de nuestro eterno laberinto histórico

Se viene un nuevo Alatriste en septiembre. Esta vez se trata de una aventura en Francia durante las revueltas de los hugonotes en el siglo XVII, escenario que acentúa aún más el parentesco entre el mosquetero D’Artagnan y el personaje de Pérez Reverte, aunque este último ofrece un perfil menos idealista que lo aproxima a las características heterodoxas de un antihéroe. Arturo es en cierta medida una especie de moderno Dumas hispánico, un novelista de producción prolífica y enorme éxito editorial gracias a los rasgos clásicos de su narrativa, y como el hijo del Conde Negro disfruta de la popularidad en vida y utiliza la relevancia de su firma para participar en el debate público con una mirada crítica, una perspectiva a caballo entre el distanciamiento cínico y el escepticismo pesimista, a menudo desdeñosa y hasta cruel con la estrechez de miras, la banalidad intelectual, la desnudez ética y la precariedad estructural de la nomenclatura política.

La saga de Alatriste, eufónico nombre tomado de un colega mexicano, ha adquirido suficiente valor pedagógico para que algunos centros escolares lo usen como instrumento para explicar a los alumnos la atmósfera social del Siglo de Oro. Y supone de hecho, con los matices de perspectiva que cada cual quiera apreciar, una interesante revisión literaria e histórica de ese período sin el cual resulta imposible entender lo que los españoles somos. Esto es, una mezcla no siempre afortunada de dioses y demonios. De hidalguía y de mezquindad, de egoísmo y de entrega, de nobleza y de materialismo, de cicatería moral y de grandeza épica. Capaces de arruinar el país a base de sangrientas querellas internas y al tiempo de levantar toda una civilización de nueva planta en América. Inquisitoriales y generosos, creativos en las artes y destructivos en la convivencia. Y casi siempre empeñados en dar al traste con los logros colectivos de nuestras mejores épocas.

La comprensión de esos claroscuros requiere un esfuerzo de abstracción objetiva poco grato y menos frecuente en este tiempo de apriorismos doctrinarios, de tensiones polarizadas, hostilidades banderizas y alineamientos esquemáticos cuya óptica sectaria se extiende hasta la interpretación del pasado. Reverte no es un historiador, ni lo pretende, sino simplemente un escritor empeñado en escapar de los brochazos dogmáticos con que cada ciudadano contemporáneo esboza su propio cuadro. Por eso su protagonista es un mercenario; ha elegido, como el anónimo del ‘Lazarillo’, a un tipo de condición canalla, aunque conserve ciertos códigos de lealtad, para que su relato atraviese con pragmática lucidez un laberinto de espejos cruzados. Sólo mediante esa ambivalencia promiscua, donde conviven la gloria y la mediocridad, la hazaña y el fracaso, es posible pintarnos a nosotros mismos, entonces como ahora, sin miedo a salir desfavorecidos en el autorretrato.