Javier Pery-ABC
- «En este punto de incertidumbre para la organización, habrá que pensar primero en la esencia de la Alianza, sin inhibirse de la realidad política ni despreciar la experiencia militar acumulada en tantos años de convivencia, medir bien si perseverar como aliado o, por el contrario, soltar amarras»
La Alianza Atlántica es una de las asociaciones políticas más longevas en las relaciones internacionales, junto con Naciones Unidas. Ambas instauradas en las postrimerías de la II Guerra Mundial sobre tratados fundacionales y sustentadas por sendas organizaciones: la OTAN y la ONU; cuyos cometidos apenas difieren de las tareas de cualquier administración: convertir las decisiones colectivas de sus miembros, en hechos perceptibles para el grupo al que sirven. A pesar de tener una finalidad común: preservar la paz; la OTAN nació con una diferencia esencial sobre otros organismos multinacionales: tener una estructura militar jerarquizada en su seno. Observar la evolución de la organización desde este elemento diferencial puede ayudar a entender su hoy y su futuro. Todo proyecto de desarrollo humano, sin eufemismos, tiene distintas fases vitales: infancia, juventud, madurez y vejez; donde conocimiento y experiencia se conforman con distinto peso en cada una de ellas. La OTAN, como proyecto de convivencia de naciones, ha seguido un proceso vital parecido, hasta alcanzar hoy una razonable madurez. Pero la adaptación a la situación política y geoestratégica que le permitió llegar hasta aquí, parece insuficiente o inapropiada para afrontar el futuro y le aboca a una prematura, indeseable e irreversible vejez.
Nacida para frenar el expansionismo de la extinta URSS en Europa, se puede considerar la infancia de la Alianza Atlántica como el período que transcurre desde la entrada en vigor del Tratado de Washington en 1949, hasta la integración de la República Federal Alemana en 1955. Son años en que se dan los primeros pasos para armar la organización, se nombra a los primeros representantes de su Comité Político y al primer comandante supremo de su estructura militar, el general estadounidense Eisenhower, y se establece su primer cuartel general cerca de París.
Es el tiempo en que se restablecen soberanías nacionales invadidas por el nazismo, se pone en marcha el plan Marshall, se crea la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, un paso vital para controlar el desarrollo armamentístico: la energía y el acero; se recomponen ejércitos europeos y se negocia la fracasada reunificación de Alemania por la negativa de la URSS y conceder estatus de Estado al sector ruso como República Democrática de Alemania.
A todo ello se añaden dos cuestiones más para entender esta infancia: la enseñanza extraída de la incomprensible solución que dio Naciones Unidas al conflicto de Corea: partición del territorio e imposición de una retirada militar frente al comunismo; y la obtención soviética de la bomba atómica. Todo ello, reflejado en las guías políticas de la organización, los Conceptos Estratégicos en 1950 y 1952, acabó con la inocencia infantil de la OTAN que vio la necesidad de crecer geográfica y militarmente.
En 1957, la concepción estratégica aliada se decanta por la «respuesta masiva», usar todo lo disponible, incluido armas nucleares, ante cualquier agresión de la URSS a un Estado miembro. En el fondo era una transposición de la doctrina «New look» del ya presidente Eisenhower, diseñada para la defensa de EE.UU. Visto así, la Alianza se convierte en una defensa avanzada estadounidense en el continente europeo y pone de manifiesto la necesidad del dominio del mar en el Atlántico ante la expansión marítima soviética del almirante Gorshkov. Se diría que la OTAN muestra entonces la energía, resolución y acometividad de una organización joven que planta cara a los inquietantes mensajes de la Unión Soviética en Europa con la invasión de Hungría en 1956 o el levantamiento del muro de Berlín de 1961. Sin embargo, persiste la percepción de los aliados europeos de que lo sustancial de la disuasión militar, la cuasiilimitada aportación de medios y la insustituible experiencia en la gestión de conflictos, las proporcionará Washington.
Esta supremacía estadounidense, política y militar, tendría efectos sobre las capacidades militares y la estructura orgánica de la OTAN. El exuberante despliegue americano asentó en los aliados un sentido de «complementariedad militar» al tener cubierto por EE.UU. lo básico de la defensa, la disuasión. Así se aleja entre los europeos la necesidad de una defensa integral del continente. Desde el punto de vista orgánico, influyó en la decisión de De Gaulle en 1966, de abandonar la estructura militar de la Alianza, al quedar en la toma de decisiones sin una posición preeminente, como tenía la ONU, al ser el único país europeo con armas nucleares.
La virtual transición de la juventud a la madurez se produce con el Concepto Estratégico de 1968 donde, ante la posibilidad de una «destrucción mutua asegurada», la OTAN opta por dar una «respuesta flexible» ante eventuales agresiones, donde la opción militar se entreveraría con medidas políticas, diplomáticas y económicas. Esta concepción estratégica, la más duradera de la Alianza (de 1968 a 1991), se apoyó en enseñanzas de la «crisis de los Misiles» de Cuba de 1962 que EE.UU. gestionó con un método ideado por McNamara, donde la interlocución entre adversarios y la adopción de una salida digna para ambos contendientes alejaba la doctrina Clausewitz de dar una respuesta militar cuando todo lo demás fallaba. Con la caída del muro de Berlín en 1989 y el colapso de la URSS en 1991, la Alianza Atlántica se encuentra sin el tradicional enemigo, con una Rusia emergente del derrotado comunismo, naciones del este europeo que recuperan sus tuteladas soberanías y una organización madura, la OTAN, que había demostrado capacidad de dar una respuesta militar en conflictos tradicionales. Se tiene la percepción de tener una buena solución, sin tener un problema donde aplicarla.
Así las cosas, la OTAN se implica militarmente, primero en la extinta Yugoslavia en 1991, después en Kosovo en 1999, y finalmente en Afganistán entre 2001 y 2021. Sin embargo, el enemigo ya no es quién era y técnicas de combate elementales, con empleo de armas del pasado, desquician hasta el cansancio a sofisticadas tácticas militares apoyadas por complejos sistemas de armas, en conflictos con sesgo y duración de guerra civil. Así, la enseñanza de aquellas operaciones es el elevado coste y el escaso resultado de la participación en contiendas civiles, una lección a sopesar para tomar una decisión sobre cómo proceder en lo que sucede entre las antes unidas repúblicas de Ucrania y Rusia.
Desde una óptica militar, si la OTAN llegó hasta aquí es porque la unanimidad en las decisiones políticas de la Alianza , asumidas por naciones soberanas, se traduce en la insustituible unidad de mando que necesita una estructura militar y ésta proporciona la necesaria cohesión de las unidades empeñadas en las operaciones. Así, la multiplicidad y diversidad de aliados nunca es un problema militar frente al enemigo, más bien un factor de fortaleza, porque permite conjuntar el esfuerzo de elementos diversos y distintos para afrontar situaciones complicadas. En este punto de incertidumbre, habrá que pensar primero en la esencia de la organización, sin inhibirse de la realidad política ni despreciar la experiencia militar acumulada en tantos años de convivencia, medir bien si perseverar como aliado o, por el contrario, soltar amarras. Lo primero puede ser temporalmente penoso, pero lo segundo pondría a más de una nación ante la soledad de una amarga vejez.