Pedro Chacón-El Correo
Este tema del eclipse, que nos ha llevado a tantos a esperar ansiosos el momento en el que una larga tarde de pleno mes de agosto se convertía súbitamente en noche cerrada o, cuando no, como en amplias zonas de Gipuzkoa, rebajaba su intensidad luminosa, resulta tan sugerente que basta, para comprobarlo, con echar un vistazo a la pléyade de producciones culturales que a lo largo de la historia se ha alimentado de una metáfora tan potente.
Mi película favorita con un eclipse como clímax es ‘Cuando los dinosaurios dominaban la tierra’. Un filme de serie B de la legendaria productora Hammer, con dinosaurios de cartón piedra y movimientos ortopédicos, pero de un encanto, para el niño que era yo cuando lo vi por primera vez, que nunca volví a experimentar algo así. Nada que ver con las sofisticadas y verosímiles superproducciones de Spielberg. En mi peli, el eclipse servía para favorecer la huida de los protagonistas dejando atrás, desmantelada y sumida en el caos, a su propia tribu, opresora y adoradora del sol.
Y es que el sol siempre fue de derechas, mientras que la luna fue de izquierdas. Esto ningún teórico de la política me lo podría negar. Y la gente que fue en masa a contemplar el eclipse, en el fondo, sin ser consciente de ello, iba con el ansia de comprobar cómo por una vez, aunque fuera solo durante un minuto, un simple satélite sería capaz de tapar a todo un astro rey de nuestra vista. Pero es que el sol también representa la razón y la universalidad de la condición humana, mientras que la luna representa los sentimientos y, por tanto, las identidades locales que tiran de nosotros, convirtiendo nuestra pequeñez en refugio inconsciente y atávico. Durante el día campan las convencionalidades que nos permiten vivir en sociedad. Durante la noche, en cambio, brotan las pasiones que nos llevan a la misantropía.
El sol y la luna, con toda su influencia, convierten nuestra vida en un laberinto impredecible y pasmoso. Que ni uno ni otra nos condicionen demasiado. Que seamos capaces de mantener el equilibrio. Nadie dijo que fuera fácil. Porque a ver, ¿por qué se intimida o asusta a la gente que quiere disfrutar con la selección española de fútbol? ¿Para qué una oficialidad que convertiría el fútbol vasco, o su deporte en general, en un campo de minas? ¿Una selección vasca oficial con los principales clubes vascos jugando en la Liga española? Y en el caso de que eso fuera posible, ¿se permitiría a los jugadores vascos elegir si jugar con España o con Euskadi o se les obligaría a jugar solo con Euskadi? Y esa selección vasca, ¿qué territorios abarcaría? No sé, son preguntas que me surgen por la noche, a la luz de la luna, mientras que por el día, con el sol, no es que no encuentre una respuesta razonable para ellas, es que ni las concibo siquiera. Porque es que son preguntas propias de una sociedad vasca eclipsada.