Ignacio Varela-El Confidencial

  • En lugar de ejercer de oposición a esta oposición, como es su costumbre, decidió emprender una regresión temporal y recuperó durante toda la tarde el papel de líder de la oposición… a Mariano Rajoy

Me niego a llamar debate a un intercambio verbal de 150 minutos de duración que se reparten a razón de 120 para uno —que podrían haber sido el doble si se le hubiera antojado— y apenas 30 para el otro, acosado además por un presidente de la Cámara que, ejerciendo de nuevo de perro de presa, le ordenó hasta siete veces que callara de una vez mientras el presunto líder de la oposición trataba, con más atolondramiento que acierto, de responder en cinco minutos a la catarata de interpelaciones que le lanzó el presunto presidente del Gobierno. Me niego a llamar debate a eso como me negaría a considerar un verdadero partido de fútbol uno en el que a un equipo se le permitiera sacar al campo a 15 jugadores frente a cinco por el otro lado. 

No es esa la única anomalía de la tediosa —por confusa y repetitiva— sesión de ayer en el Senado. Tras cuatro décadas ninguneando al Senado hasta lograr que la mayoría de los españoles lo considere un artefacto inútil del que habría que prescindir, a este presidente le ha entrado un fervor inusitado por comparecer en la presunta Cámara territorial, por dos únicos motivos: porque el líder de la oposición ha recalado temporalmente allí y porque un vacío reglamentario le otorga de saque una posición de ventaja escandalosa respecto a su oponente.

El Senado acoge el segundo cara a cara entre Sánchez y Feijóo

Sánchez, jugador ventajista donde los haya, no quiere ni sabría administrar con cierta contención cualquier situación en la que pueda jugar con el campo inclinado y el árbitro a su favor; ese fue su mayor error en la sesión del mes pasado y volvió a serlo ayer. Se notó que le habían insistido en que no repitiera la trinca abusiva —y como tal, contraproducente— de la ocasión anterior, pero no puede evitarlo: volvió a hartarse de balón y convirtió lo que podría haber resultado una faena aseada en un gatuperio indigesto a la hora de la siesta, que probablemente disparó el uso de los mandos a distancia para cambiar de canal. 

La cosa se hizo aún más surrealista al comprobarse que Sánchez, en lugar de ejercer de oposición a esta oposición, como es su costumbre, decidió emprender una regresión temporal y recuperó durante toda la tarde el papel de líder de la oposición… a Mariano Rajoy. Trató de abrumar a Feijóo inculpándolo por la forma en que se gestionó la crisis financiera de la década anterior (olvidando interesadamente, como siempre hace, que durante los tres primeros años de esa crisis hubo en España un Gobierno socialista que naufragó al primer golpe de mar). Cuando se cansaba de alancear al moro muerto, exigía explicaciones al actual líder del PP por el desastre de Liz Truss en el Reino Unido, por el sistema sanitario norteamericano o por su gestión de la deuda pública en Galicia.

Como Feijóo entró también en ese juego absurdo, resultó que entre ambos nos embarcaron en un viaje en el tiempo hacia atrás y pasaron la mayor parte de la tarde discutiendo quién hizo más daño a la ‘clase media trabajadora’, si Zapatero o Rajoy. Todo muy pertinente, como se ve, para tratar la situación actual de España. 

Otra línea de fuerza del discurso de Sánchez fue asociar la gestión de la pandemia a la actual crisis energética y de precios, recuperando incluso el lenguaje de aquella época: doblaremos la curva de la inflación como doblamos la curva del virus, repitió una y otra vez. Mal asunto introducir una dosis de recuerdo de unos meses que el personal quiere simplemente olvidar. Feijóo aprovechó el hueco para lanzar una ráfaga de guiños preelectorales a los gobiernos autonómicos. 

Por lo demás, toda conversación deviene impracticable cuando se parte de una discrepancia radical en lo más objetivo que hay, que son los números. Si un político en el poder afirma que la economía española es la admiración del mundo entero, que somos los que más crecemos, los que más empleo creamos, los que antes y mejor saldremos de esta crisis y quienes lideramos las políticas europeas, ese discurso se hace intragable para cualquiera que tenga ojos en la cara.

Si a continuación su rival da la vuelta a las cifras para pintar una realidad tétrica y una perspectiva de bancarrota inminente, lo que resulta dañado sin remedio es el interés del acto y el crédito de ambos. No puede ser que, de resultas del manoseo de las cifras a la conveniencia de cada uno, aparezca un cuadro inmaculadamente blanco o tenebrosamente negro. La intensidad de los aplausos de las respectivas bancadas era directamente proporcional a la grosería hiperbólica de las afirmaciones. Como Sánchez cuadruplicó en tiempo disponible a su rival, también lo superó ampliamente en trapacería argumental; pero ello no exonera a Feijóo, que cada vez que se habla de los grandes temas se parece más a un político provinciano venido a más.

El caso es que, examinada la sesión con lupa profesional, ambos mejoraron ligeramente la repulsiva ‘performance’ del mes anterior. Sánchez anduvo más ágil y suelto, menos aferrado al papel escrito —aunque no cesó de exhibir gráficos incomprensibles, como si estuviera ensayando un debate televisivo de campaña—, y le resultó sencillo demostrar que domina la asignatura europea mucho mejor que su contendiente. De hecho, a ratos parecía que uno vive en Bruselas y no en Madrid y que al otro aún le cuesta salir mentalmente de la provincia de Lugo.

Con un poco más de finura en la administración de su ventaja reglamentaria y de mesura en la práctica del onanismo político, Sánchez podría haber resuelto el expediente con un aprobado discreto —lo que es mucho decir, teniendo en cuenta su penosa situación demoscópica—. Para decir lo que dijo, le sobraron 100 minutos. Y de nuevo se embriagó ante el espejo, sirviendo el plato estomagante de siempre. 

Para Feijóo, la apretura del tiempo disponible resultó ser una ventaja, porque se vio obligado a comprimir su discurso en unas cuantas frases efectistas que, además, sintonizan con el sentir actual de la calle en mayor medida que las alambicadas explicaderas del presidente. Pero se le notó demasiado que en determinadas cuestiones —especialmente en lo que tiene que ver con la economía no estrictamente doméstica y con la política europea— anda con lo justo, más allá de las consignas de laboratorio. Si hubieran sido más listos y le hubieran dado media hora más para ponerlo a prueba, lo habrían puesto en un apuro. Nunca fue tan certero como ahora el legendario diagnóstico de Andreotti sobre la política española: ‘manca finezza’.

 

Al menos, esta vez nos ahorraron el consabido intercambio de reproches sobre los órganos constitucionales relacionados con el poder judicial, que ambos pretenden controlar. Se ve que está próximo el apaño final. Pero en el sopor de la tarde perdida, resultaba inevitable preguntarse, como en el famoso chiste: oiga, ¿hay alguien más?