- Ahora, cuando el guaperas Peter le está tocando los costados con sus proclamas del «no a la guerra», comprometiendo la posición de la UE en sus tensas relaciones con Trump, es cuando la siempre complaciente Ursula ha empezado a despotricar del presidente español
Discrepar de los modos de Donald Trump y del daño irreparable que está haciendo al orden mundial convertido ya en caos, siguiendo la estela de su amigo Putin, no es solo respetable sino saludable. Exigir que Europa se ponga de una vez las pilas y no contemple como si fuera un convidado de piedra esta merienda de autócratas blancos y amarillos es más que deseable. En Bruselas convendría que alguien recordara la máxima de los foros internacionales donde siempre se corea aquello de que «si no estás en la mesa, formas parte del menú». Algún día la UE tendrá que pasar de las musas al teatro y dejar de comentar la jugada como si fuera un tertuliano. Ahora se abre un nuevo debate en Bruselas sobre si se debe trabajar para reconstruir el sistema multilateral –la propia Unión forma parte de ese modo de organizar las relaciones internacionales– o darlo por finiquitado.
La primera en romper el fuego ha sido Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión, que lo ha explicado muy mal, incluso cuando ha rectificado, pero que en el fondo lo que sostiene es que hay que dar por muerto lo que conocíamos y crear otra cosa diferente. Le respondió Antonio Costa, presidente del Consejo Europeo, que quiere resucitarlo en la línea de Pedro Sánchez. Con una diferencia: los dos burócratas de Bruselas solo saben que no saben nada, pero nuestro presidente conoce perfectamente cuál es su meta: ganar elecciones con mensajes simplones, insultos a la inteligencia y sacar de la abstención a más de un millón de votantes desencantados con su ignominia. Cuentan algunas crónicas que la alemana ha perdido la paciencia con su dear Peter, al que ya ha tomado la matrícula. A buenas horas. Ursula acaba de caerse del guindo. No había que ser muy lista para darse cuenta de que cada discusión, cada sobreactuación del socialista español perseguía siempre un relato de consumo interno. Tanto es así que ahora, creyéndose la némesis del jefe de la Casa Blanca y enfrentado a Ursula, se plantea presentarse en el próximo Consejo Europeo como el referente político de la izquierda, el adalid de la paz, el representante de todos los críticos contra Washington.
Es de agradecer que la dirigente de la CDU alemana se haya percatado por fin de la doblez de su protegido Sánchez, con el que mantenía una complicidad de algodón de azúcar. Incomprensible. Mientras su amigo emprendía una deriva antidemocrática en su nación, fulminando la separación de poderes y aliándose con fuerzas antieuropeas y abiertamente secesionistas o proterroristas, la integrante del Partido Popular Europeo miraba para otro lado. Ella era más de vigilar implacablemente a los Ejecutivos conservadores de Polonia y Hungría. Spain no le preocupaba porque los progres molan mucho para una derecha acomplejada (y si son progres de solemnidad, mucho más). Otra cosa hubiera sido que partidos separatistas teutones hubieran puesto en jaque la unidad territorial de su país. En ese caso seguro que no hubiera puesto ojitos a los malos. Ya ocurrió con un partido bávaro y el tribunal constitucional germano sentenció que hasta ahí podíamos llegar y que mucho land, pero lo de atentar contra la integridad del Estado eran palabras mayores. Que ni hablar del peluquín.
Pues aquí en España todo eso ha sucedido mientras la hoy ofendida lideresa reía a carcajadas las ocurrencias de quien es el principal culpable de todo ello, dado que ha atado su destino político a los delincuentes que han atentado contra la legalidad vigente en España. Ahora, cuando el guaperas Peter le está tocando los costados con sus proclamas del «no a la guerra», comprometiendo la posición de la UE en sus tensas relaciones con Trump, es cuando la siempre complaciente Ursula ha empezado a despotricar del presidente español. Es decir, hasta ese momento tanto le daba el deterioro que sufría nuestro Estado de derecho, la caída de nuestro país en calidad democrática y la corrupción que anegaba al Gobierno socialista; eso era problema de los españoles. Nos mandaba a unos hombres de negro a examinar la Justicia, que volvían a Bruselas y hacían un informe que se guardaba en el cajón del olvido.
Ursula ha cambiado. Ahora se siente sola y cuestionada por los socios ante el terremoto Trump. Ha tomado de la medicina que suele dispensar Sánchez: primero te utiliza y luego, si amenazas su marketing, te deja tirado. Mientras tanto conviene recordar la reflexión de Ortega y Gasset: «España es el problema y Europa la solución». Los españoles sabemos desde hace tiempo que Pedro es el problema, pero a estas alturas también tenemos claro que la Europa de chalaneos que nos endilgan desde hace años Von der Leyen, Macron o Costa, tampoco es la solución.