Ignacio Marco-Gardoqui-El Correo
- La mano izquierda que Sánchez emplea con Rabat desaparece con Trump pese a los riesgos para España
Hay datos que sirven conocer la marcha de la economía y otros que son simples indicios, por más que sean muy significativos. La evolución de las inversiones extranjeras es uno de ellos. Un dato que, analizado en solitario, puede estar distorsionado fácilmente por algún caso concreto de inversión o desinversión singular, pero que, visto en conjunto, junto con otros muchos de los que están a nuestra disposición de manera periódica y comparando series históricas, nos aportan mucha luz sobre nuestra realidad.
Esta semana hemos conocido que las inversiones reales netas americanas han bajado este semestre un ¡231%! por efecto de las desinversiones. El hecho, impactante y rotundo, coincide en el tiempo con la política implantada por el presidente Sánchez de incomodar, molestar –e insultar y vejar, si incluimos a su entorno– al presidente Trump. La razón es evidente. Criticar a Trump en el exterior da alas, proporciona votos y calma a sus aliados en el interior. Sánchez ha decidido presentarse ante el mundo como el adalid de la progresía internacional y el defensor de todos los muchos damnificados por las políticas de Trump. Ya sea por los bombardeos en Gaza o en el Líbano o por los aranceles con los que ha regado el orbe.
No es necesario esforzarse mucho para encontrar razones con las que discrepar de los modos y las formas exhibidas por el presidente americano. Es un matón de barrio, pero también el presidente, democráticamente elegido, en la nación más poderosa del mundo. Un zafio bocazas, que trata con desdén a sus iguales, pero también el gestor de la economía situada en la vanguardia de la tecnología y en el centro de las finanzas. En definitiva, un malo y peligroso enemigo. ¿Significa eso que es obligado rendirse a sus pies, reírle las gracias y aplaudir sus desplantes? Por supuesto que no. ¿Pero es obligatorio insultar a toda una nación por las actuaciones de su presidente? Tampoco. ¿Qué sería de nosotros si alguien nos aplicara tamaña medicina?
La diplomacia es el arte del matiz y la ‘finezza’. Bien cerca, en el tiempo y en espacio, tenemos el caso de Marruecos. El Gobierno ha sabido conjugar admirablemente –se puede decir incluso que de forma exagerada–, la discrepancia con el régimen marroquí –todo un ejemplo de absolutismo y de desprecio por los derechos humanos– con el respeto a la nación árabe, para quien el Gobierno no escatima los halagos y los agradecimientos.
Marruecos es un socio capital, y un aliado obligatorio para éste gobierno y lo seguirá siendo para el siguiente y el siguiente, porque la geografía le ha colocado ahí. Pero, ¿acaso los Estados Unidos no lo son? Sí y en mucha mayor medida. Así que, lo que es posible en Marruecos debería serlo en Estados Unidos. Hay muchas maneras de aplicar represalias. Unas son burdas, como la implantación de aranceles absurdos y otras matizadas, como la retirada de inversiones y la desaparición del mapa de objetivos, que es una decisión en la que se mezclan contundentes razones económicas con sutiles medidas políticas.
¿Por qué razón lo que vale con Marruecos no vale con los Estados Unidos?, ¿por qué razón lo que se hace con Marruecos no se puede hacer con los EE UU? Busque aquí dentro, en el periodo electoral en el que nos adentramos y las encontrará enseguida. Pues es una lástima. Yo también lo pienso. Puestos a insultar, yo insultaría antes a quien nos invade. Puestos a halagar, yo halagaría a quien paga, o ha pagado, nuestra protección, nos proporciona medidas de defensa, nos provee de tecnología y de energía y realiza inversiones –ahora menos– en nuestro país y nos proporcionan empleo y riqueza. Puestos a imitar, yo imitaría a los daneses que saben conjugar defensa con interés, como han hecho con Groenlandia y, puestos a rechazar, yo rechazaría actitudes groseras y prepotentes como la mostrada en Nueva York por Pedro Sánchez esta misma semana. Seguro que le da gusto, pero perjudica al país.