Juan Manuel Sinde-El Correo
Presidente de Arizmendiarrieta Kristau Fundazioa y socio fundador de Laboral Kutxa
- El primer ministro de Canadá defiende realinear el valor del mercado con los principios humanos fundamentales, lo que exige líderes éticos
En su libro de memorias, la excanciller alemana Angela Merkel cita a multitud de personajes de la política local e internacional y expone sus relaciones personales con los máximos líderes de diferentes países. Tiende a destacar los aspectos positivos y las coincidencias y a explicar como lógicos algunos desacuerdos. Hace dos excepciones: Vladímir Putin, del que sintió que le mintió en la ocupación rusa de Crimea y al que nunca más concedió credibilidad… y el entonces candidato a la Casa Blanca, del que solo afirma que deseaba fervientemente que Kamala Harris (pese a la diferencia ideológica) ganara las elecciones de 2025.
Destaca los fuertes ataques que tuvo que padecer en el momento de la crisis de refugiados en Europa, que dio lugar a la entrada de más de un millón de personas en menos de dos años, decisión que ella explica como producto de sus convicciones democristianas.
No parece que en estos tiempos las convicciones estén al alza en el mundo político. Cuenta la fuerza que cada uno tiene para defender sus intereses, legítimos o no. El actual inquilino de la Casa Blanca no deja margen al error sobre lo que prevalecerá a corto plazo, pero su mandato tiene fecha de caducidad y él mismo aventura que si pierde las elecciones de medio mandato el ‘impeachment’ le puede sacar de la Casa Blanca antes de lo previsto.
Les auguramos más futuro a medio plazo a las ideas del primer ministro de Canadá, Mark Carney, que antes fue durante casi siete años gobernador del Banco de Inglaterra. En su libro ‘Values’ defiende que gran parte de los problemas globales tienen su raíz en una jerarquía equivocada de prioridades, al confundir valor (económico) con valores (principios que guían nuestros comportamientos).
Carney sostiene que las sociedades modernas han ido dando prioridad al valor monetario por encima de los valores humanos y sociales, lo que las ha convertido en «sociedades de mercado» donde todo se mide por precio. Critica que este enfoque reduccionista ignora aspectos esenciales de la vida: la confianza, las relaciones personales, el bien común… que no se reflejan adecuadamente en métricas económicas.
Examina tres grandes crisis contemporáneas para mostrar cómo la ausencia de valores robustos ha agravado sus efectos:
1. La crisis financiera de 2008, opina que fue el resultado de un excesivo entusiasmo por mercados sin suficiente supervisión y que en la respuesta no se reformaron los incentivos que pusieron en riesgo toda la economía.
2. La pandemia del covid, en la que quedó patente la fragilidad de sistemas que no estaban diseñados para proteger a los más vulnerables.
3. El cambio climático, cuyos efectos afectarán desproporcionadamente a generaciones futuras que no participan en las decisiones de hoy, por lo que considera que es la manifestación más clara de la crisis definitiva de valores.
Para superarla propone reconstruir los sistemas económicos y sociales sobre bases éticas más sólidas, en torno a siete valores que considera esenciales:
1. Solidaridad: reconocer obligaciones recíprocas entre individuos y comunidades. 2. Justicia: garantizar que las oportunidades y recursos se distribuyan de manera justa. 3. Responsabilidad: asegurar la rendición de cuentas de instituciones, gobiernos y mercados. 4. Resiliencia: fortalecer la capacidad de las sociedades para recuperarse de ‘shocks’. 5. Sostenibilidad: tomar decisiones que preserven el capital social, natural y económico para las generaciones futuras. 6. Dinamismo: promover la innovación sin sacrificar valores humanos. Y 7. Humildad: reconocer los límites del conocimiento y evitar la arrogancia en la toma de decisiones.
Carney llama a repensar el propósito del sistema económico global y subraya que para afrontar los desafíos estructurales de nuestro tiempo debemos realinear el valor del mercado con los valores humanos fundamentales, lo que exige una transformación tanto cultural como institucional, líderes con visión ética, políticas que integren justicia y sostenibilidad y una ciudadanía que valore algo más que el crecimiento económico a corto plazo.
Propuestas que entendemos convergen con las propuestas de Arizmendiarrieta y que, modestamente, pensamos que tendrán más influencia a largo plazo en las sociedades occidentales que los comportamientos ególatras apoyados en una capacidad militar que no se ha caracterizado precisamente por resolver problemas en el pasado.