Antonio R. Naranjo-El Debate
  • A todas las tropelías domésticas Sánchez le añade ahora la traición internacional de convertirse en delegado chino en Europa

Pedro Sánchez se ha ido a China a perpetrar el mayor volantazo político que ha dado España en su historia: salirnos del eje occidental, saltarnos a Washington y a Bruselas a la vez y convertirnos en la colonia de China en Europa, como lo eran Venezuela hasta hace un par de meses y lo es media África.

La excusa de que era un viaje comercial, en un incierto panorama mundial en el que nunca sobra intentar abrir nuevos mercados, se cayó por la evidencia de los datos y la composición de la expedición: España vende lo mismo de siempre a China, o algo más, y le compra como nunca, lo que arruina el relato inicial del Gobierno. Y allí solo han viajado el marido de Begoña y la tetraimputada, sin ministros ni empresarios ni nada que se parezca a una cumbre de negocios con objetivos claros, definidos y públicos.

La duda ha quedado definitivamente resuelta con las palabras de Xi Jinping y de Pedro Sánchez, que fingía tomar notas al dictado y repetía luego lo sustantivo de las palabras del mayor dictador del planeta: ambos dijeron que estaban allí, juntos, para refundar un nuevo orden mundial, que es la traducción de la catarata de eufemismos «multipolares» del presidente español.

La coincidencia entre esa declaración de intenciones, que es una traición completa a Occidente de quien se siente más presidente de la Internacional Socialista que jefe de un Ejecutivo europeo, y el desprecio sostenido a los Estados Unidos con el veto incluido al uso de las bases en Rota y Morón, no es casual.

Tampoco que, mientras Sánchez se convertía en público en embajador de China en Europa, por Pekín también anduviera el canciller ruso Lavrov, para engrasar las espléndidas relaciones entre ambos países y desvelar quiénes son los socios con los que el marido de Begoña dice situarnos en el «lado correcto de la historia»: China, Rusia, Irán y todo lo que les cuelga a todos ellos, incluido el tutelaje de Hamás e Hizbulá, la agresión a Ucrania, la amenaza para los países de la antigua URSS, la represión en Hong Kong y las ansias expansionistas en Taiwán, refrendadas oficialmente por el líder del PSOE al suscribir la declaración oficial de Pekín a favor de «una sola China».

Es decir, un alocado político que no ha ganado en las urnas, no mantiene una mayoría estable en el Congreso, no puede ni presentar Presupuestos en toda una legislatura y tiene en el banquillo o en la cárcel a toda su cúpula y a media familia decide, unilateralemente y sin contar con nadie, sacar a España de su lugar natural y alinearlo con la mayor amenaza a un orden mundial sustentado en los valores de la democracia liberal, por razones desconocidas y entre sospechas bien fundadas de que busca con ello engrasar los negocios personales de Zapatero y buscarse una salida personal si acaso algún día acaba desalojado del poder.

Viajar a China y mantener relaciones con un régimen feroz es inevitable, por gordo e indigesto que sea el sapo, y ningún líder occidental serio ignora esa máxima. Pero no es eso lo que ha hecho Sánchez en su cuarta visita a ese rincón del mundo donde la cacareada «legalidad internacional» vale poco más que en cualquier satrapía fundamentalista o soviética.

Lo que Sánchez ha hecho, sin más, es presentar la candidatura de España a colonia china en Europa, despreciar el eje atlántico, ningunear a los Estados Unidos, traicionar a Bruselas y situarnos al lado de Pekín, Moscú y Teherán. Todo ello sin pactar nada con nadie, sin entender que con 121 diputados y cercado por la corrupción no tiene derecho a atrincherarse en La Moncloa y sin respetar la historia, la tradición, los tratados y las obligaciones de un país europeo cuyo presidente ejerce ya de delegado comercial de un país que no tiene socios y solo acepta esclavos.