Ignacio Camacho-ABC

  • A Sánchez le va a costar repetir la jugada de Palestina. A los niños venezolanos los mata de hambre la tiranía chavista

Los españoles tenemos la costumbre de interpretar todo lo que sucede en el mundo en clave propia, como si el gozne de la Historia girara en torno a los debates más bien garbanceros de la escena española. Quizá por eso hace mucho tiempo que nadie tiene confianza en nuestra política exterior, ni siquiera en Europa, donde cada nos ven más como unos tíos que piden dinero sin comprometerse a ninguna reforma y se escabullen de la posición común cuando la Unión aborda cualquier de tipo de materia incómoda u onerosa. Desde esta mentalidad tomamos partido en las elecciones estadounidenses o en el conflicto palestino con la misma óptica con que debatimos sobre el juicio al fiscal del Estado o sobre la problemática migratoria: como si fuesen cuestiones estrictamente endógamas.

De esta mirada doméstica no se iba a escapar, como es natural, la intervención norteamericana en Venezuela. Al menos en este asunto reina cierta lógica porque existe una objetiva influencia del chavismo en nuestra gobernanza interna. Así la captura de Maduro es mala o buena según quien la juzgue sea de izquierda o de derechas, aunque el veredicto resulte por completo irrelevante a los efectos que realmente cuentan. Las risas por la oferta de mediación de Sánchez se han oído por igual en Maracaibo que en Washington, pero aquí nos ponemos a discutirla como cosa perfectamente seria. Y en la Moncloa están convencidos de hallarse ante una oportunidad estratégica.

No va a funcionar. Venezuela no es Gaza, de la que por cierto ya parece haberse olvidado el activismo militante que organizó contra la Vuelta ciclista una algarada de teórica solidaridad humanitaria. Quizá Trump y Netanyahu puedan suscitar un grado de animadversión similar entre la progresía hispana, pero Maduro no cuela como víctima ni para los sanchistas de lealtad blindada. Allí a los niños los mata de hambre la tiranía bolivariana, que salvo para el comunismo más rancio y sectario goza por estos pagos de simpatía muy escasa. Mucho va a tener que trabajar el laboratorio gubernamental de propaganda para defender ante la opinión pública nacional la presunta legitimidad democrática del destronado régulo de Caracas.

Aun así lo van a intentar porque andan desesperados como esos pilotos que cuando cabecea el avión tocan compulsivamente todos los botones del cuadro de mandos. Confían en que el resorte del antiamericanismo primario les produzca, como el del antisemitismo, un cierto rédito táctico o al menos una leve movilización de votantes desmotivados. Y en todo caso, mejor eso que afrontar de nuevo lances tan antipáticos como el de los procesos de corrupción, el aislamiento parlamentario o las vidriosas relaciones de Zapatero –a punto de convertirse en «esa persona»– con el sátrapa derrocado. Una ensoñación que se desvanecerá pronto si la oposición no entra al trapo y olvida que tiene la baza ganadora entre sus manos.