Isabel San Sebastián-ABC

  • El abandono de Zelenski es la cara oscura de la esperanza renacida con la captura de Maduro

Trump es un halcón de los negocios, un pragmático escaso de escrúpulos, al frente de una democracia provista de un sólido sistema de controles y contrapesos que garantiza la separación de poderes. Putin es un exagente del KGB criado a los pechos del comunismo soviético. Ambos desprecian profundamente los principios y se mueven por intereses; los de su país en el caso del norteamericano, los suyos propios si hablamos del ruso. Bajo esa premisa han acordado repartirse el mundo en áreas de influencia, dejando al margen a China, que reclama su propia porción: Taiwán.

Si lo que barrunto es cierto, tal como apuntan los hechos, bajo la órbita de los Estados Unidos quedarían el continente americano y el área englobada en la OTAN, siempre que quienes disfrutan de ese paraguas defensivo cumplan con sus compromisos y no supongan para la nación líder un lastre demasiado pesado o un choque frontal insalvable con la otra parte, Rusia, que se adjudica el control de todo cuanto estuvo al este del Telón de Acero y no ha tenido la oportunidad de sumarse a la Alianza Atlántica. En ese contexto hay que entender la captura de Maduro, el anuncio de una transición pilotada desde Washington, con Delcy Rodríguez como peón del Gran Hermano y elecciones aparcadas hasta que él las considere oportunas, así como la advertencia de que las siguientes serán Cuba y Colombia, con un llamamiento explícito a que «la voz de Marco Rubio sea escuchada en todo el hemisferio». A esa lógica responden igualmente las críticas de Trump a las administraciones que se implicaron con hombres y armas en conflictos distantes miles de kilómetros (Irak, Afganistán, etcétera), mientras descuidaban lo que acontecía en su patio trasero. Y la misma razón explica que el valeroso Zelenski haya sido abandonado por la Casa Blanca, que lo presiona para que se rinda a Moscú o se enfrente a la ferocidad rusa sin más ayuda que la de Europa, cuyo papel en el nuevo orden internacional es insignificante, aunque no tanto como el de esta pobre España convertida por el tándem Zapatero-Sánchez en monaguillo del Grupo de Puebla. Ucrania es la cara oscura de la esperanza renacida con lo sucedido en Caracas.

La era de los ideales quedó atrás, en el supuesto dudoso de que alguna vez estuviera vigente. Dicho lo cual, existen diferencias sustanciales entre caer a un lado de la línea divisoria o al otro. Si yo me hubiese visto obligada a escoger bando en esta tesitura endiablada, si solo hubiera podido elegir entre la ciudadanía venezolana y la ucraniana, mi carta a los Reyes Magos habría contenido una petición clara: quedarme cerca de Trump, confiada en un futuro democrático regido por María Corina Machado, y lejos de sátrapas que asesinan a cuantos intentan plantarles cara. Lejos de Putin, de Maduro y de toda su ralea.