Joan López-El Debate

  • Los dos días de movilización progresista en Barcelona dejan una imagen de contradicción constante

La izquierda radical mundial se ha reunido este fin de semana Barcelona, sin ningún tipo de contacto con la gente. La capital catalana ha acogido a líderes que están gobernando, como Pedro Sánchez o Claudia Sheinbaum; a otros con fecha de salida en junio de este año, como Gustavo Petro, y a algunos ya desalojados del poder, como el chileno Gabriel Boric.

Se han reunido en el recinto de Fira de Barcelona, a las afueras: es el mismo en el que se celebra cada año el Mobile World Congress, uno de los eventos preferidos de los oligarcas a quienes los asistentes de la Global Progressive Mobilisation (GPM) afirman combatir y señalan como protofascistas.

A la misma hora, a 600 kilómetros de ahí, María Cordina Machado, Premio Nobel de la Paz, se encontraba en la madrileña Puerta del Sol con miles de personas, muchas de ellas forzadas al exilio y perseguidas políticamente por los aliados políticos de los bunkerizados en un pabellón de la Fira de Barcelona.

Dos imágenes

Verdugos y cómplices en un recinto sin gente en Barcelona, victimas con el pueblo en Sol en Madrid. La cumbre progre de Barcelona fue un cúmulo de contradicciones entre lo que se vio y lo que se dijo.

En la primera jornada, Sánchez recibió al presidente de Brasil, Lula da Silva, en el Palacio de Pedralbes, la antigua residencia oficial de los Reyes en sus visitas a Barcelona, aislado entre jardines, en una zona elitista. El antimilitarismo militante de Sánchez incluyó saludo militar.

Al igual que había sucedido en Semana Santa con la salida de procesión general de la Basílica de Santa María en Mataró, las redes sociales de los aliados independentistas de Sánchez bullían de críticas por usar un edificio propiedad de la Generalitat para una mini-parada militar, y la interpretación del himno nacional.

Los dirigentes de la izquierda mundial, unos –como la presidenta mexicana– con cerca de 20.000 muertos en sus calles en 2025, y otros –como Cyril Ramaphosa, presidente sudafricano– con 71 asesinatos diarios en sus calles, llegaron a Barcelona para anunciarnos a todos, que ellos, responsables, de la inseguridad y en casi todos los casos la miseria de sus pueblos, iban a salvarnos de la extrema derecha.

Una extrema derecha, además, que para ellos son casi todos los que no están protegidos tras un denso cordón de seguridad, en un recinto entre el centro de Barcelona y en la zona de autoridades del aeropuerto.

Los dirigentes reunidos en la Fira de Barcelona, organismo de mayoría pública, no solo tienen en común altos niveles de criminalidad en sus países sino también elevados grados de complicidad –cuando no fuertes lazos políticos y económicos– con China y/o Rusia.

Ninguno de ellos movió un dedo para pedir el fin de narco dictadura venezolana, ni para denunciar la catástrofe del comunismo cubano: todo lo contrario, los han financiado, avalado y defendido. Progresistas defensores de dictaduras contra fantasmas difíciles de identificar reunidos entre gruesos muros, lejos de nadie, quizás porque nadie tiene interés alguno en verlos.

Sin transparencia

El evento ha sido organizado la Global Progressive Mobilisation (GPM) que en teoría la forman la Internacional Socialista, el Partido Socialista europeo y la Alianza Progresistas, pero en su página web no hay capítulo alguno de transparencia para saber el coste del evento, ni quien se ha hecho cargo de la seguridad, protocolo, comunicación o desplazamiento de los ocho jefes de gobierno o estado.

La secretaria general del GPM solo da un dato general de 42 millones de presupuesto, de los que España habría aportado el 45% y los denominados «socios regionales» –que se supone que incluyen a la Generalitat de Cataluña–, otro 20%. En definitiva, de nuestras arcas públicas pueden haber llegado a salir alrededor de 20 millones de euros, parte de ellos dedicados a este encuentro del que no saldrá nada más que un montón de proclamas demagógicas y propias del pacifismo hippie de los años ‘70.