Juan Carlos Girauta-El Debate
  • En Francia falló el sábado. Antes falló en España, donde dos cuerpos con funciones similares, dependientes del mismo Ministerio, adoptaron posturas enfrentadas en la mismísima frontera con Marruecos ante una avalancha humana

Según Macron, anteayer «intentaron derribar la República». Él sabe quiénes son y lo que se proponen. Sin embargo, se muestra impotente. ¿Quiere pasar a la historia como el débil gobernante que no supo mantener el imperio de la ley, o incluso el propio régimen? Lo de los estudiantes descontentos es una excusa. Los motivos reales del deterioro educativo francés deben buscarlos en sus compañeros de revuelta: los islamistas (ideología) que retrata en La identidad desdichada Alain Finkielkraut. El mismo pensador al que otra facción de los revolucionarios, los chalecos amarillos, rodeó, acosó y amenazó al poco de nacer el movimiento: «¡Sucio sionista de m…! ¡Vuelve a Tel Aviv! ¡Vas a morir!» Como ven, expresiones estrechamente relacionadas con la subida de los carburantes, que era entonces la causa que decían defender.

Los obsolescentes Macron y Sánchez ven ondear su querida bandera palestina en cada revuelta violenta. En París, con la contrariedad de un hombre paralizado que había llegado infundiendo confianza. En Madrid, con la complicidad de un traje vacío al que los revolucionarios usan mientras él los usa a ellos. Francia: saqueos en los comercios, edificios incendiados, bandas de embozados propinando palizas. Y la policía desbordada en 110 ciudades. Quedará una imagen, indeleble por su valor alegórico: un matrimonio anciano en ropa interior, la humillación de un continente viejo y de viejos. El escarnio. Cuando había civilización, al anciano se le dispensaba un trato preferente o deferente. Los que arrasan ciudades, los que están triturando el orden republicano, han dejado en esa foto el final que desean para Francia.

Eso no lo logra ninguna de las infinitas imágenes de violencia callejera gratuita. La fuerza bruta transmite poca cosa. Sabemos lo que hay que hacer: oponerle otra fuerza, legítima, capaz de neutralizarla. Y antes de impedirla, de prevenirla. Pronto se acabará con la permanencia en Europa de extranjeros sobre los que pesa orden de expulsión, y con otras anomalías. La violencia ciega dejará más víctimas, y el Estado actuará hasta el final. Si no, se encargarán otras fuerzas en principio no legítimas. Sin el Estado policía, que es el Estado mínimo, se rompe el contrato. Sí, la ciudadanía siempre se organiza allí donde el Estado falla y vuelve a fallar.

En Francia falló el sábado. Antes falló en España, donde dos cuerpos con funciones similares, dependientes del mismo Ministerio, adoptaron posturas enfrentadas en la mismísima frontera con Marruecos ante una avalancha humana. Entraron unos cien mil y quedan veinte mil en suelo español (que es de lo que se trataba). Los que vestían un uniforme querían cumplir con la ley y con su deber: impedir aquella violación masiva de la frontera que provocó el conocido caos. Los que vestían el otro uniforme se impusieron y franquearon el paso a una masa que incluía espías y militares de paisano. Son muchos los que quieren a nuestra Europa vieja y desnuda. Se aglutinan en el islamoizquierdismo. Hace mucho tiempo, parecían dos causas incompatibles. Sánchez está en el ajo. Macron está inerme.